lunes, 6 de abril de 2020
Crónicas de Robinson desde Laputa...V
Donde dije digo, digo Diego...
Prometí explicar el intrincado mundo de escaleras que atraviesan Laputa, con un juego de perspectivas típicas de Escher y del expresionismo cinematográfico alemán -he progresado mucho desde que se me reveló el uso y abuso que de tan gran invento hacen no solo los habitantes de Torilandia, sino los del Globo en general...-, pero la palpitante actualidad de unas elecciones que pretendiendo resolverlo todo no resolvieron nada -lo que acentúa la sensación de "interinidad" política en la que vive el país desde el discutible "éxito" de la moción de censura contra el presidente de la retranca gallega-, condujo a los ciudadanos de Torilandia a nuevas elecciones auspiciadas por el jefe de las estadísticas del país y su esférico y calvo consejero áulico, quienes le auguraron, al esperanzado convocante de las mismas, poco menos que una mayoría absoluta con la que gobernar tranquilamente; una explicación que hube de posponer, lo cual explica a su vez mi tardanza en reunirme con estas crónicas de historiador aficionado, por una caída que en el arriesgado ejercicio de la galantería, ¡a mis años!, dio con mi aislada persona en el suelo desde una altura de la que solo la dureza de mi prolongado contacto con la agreste naturaleza me ha permitido restablecerme con éxito, y con los cuidados de los aventajados galenos de esta isla suspendida en la que me siento como en casa.
Desvanecida la esperanza, como perdí yo las mías de abandonar mi isla antes de cuando en realidad pude hacerlo, el presidente se abrazó a su peor adversario con una efusión sentimental impropia de enemigos a colmillo visto y sellaron una suerte de paz de perdedores que los ha llevado a reconocerse mutuamente, aun dada la mediocridad de ambos, como una potente unidad gubernativa basada en la agitación y la propaganda del autobombo que ambos dominan a la perfección. Esa efusividad me trajo a la memoria aquella con la que yo abracé el descubrimiento de Cristo y su doctrina a partir de la Biblia, lo que, sin duda, fue mi tabla de salvación en el salvaje y apartado mundo en el que hube de vivir tantos años.
El PM de Torilandia-aunque ellos no lo llaman así- incluso llegó a escribir un libro que resultó escrito -¡lo que no se les escape a esos endiablados gacetilleros de lo minúsculo...!- por otra persona, una mujer a la que él es afecto, y en el que no solo presumía de esa mediocridad trabajadamente innata, sino, además, del propio palmito, algo inaudito en cualquier representante político de ninguna era de la Historia del Mundo, quizás con la excepción del presidente de Corea del Norte, a quien los periódicos oficiales de la China comunista -¡los únicos allí!- convirtieron en el hombre más sexy del mundo, "según fuentes occidentales", y él se lo creyó.
A partir de aquel abrazo, enseguida, dada la sibilina calaña del abrazado, con buenas relaciones en Cataluña, un levantisco semillero de ingratos escoceses, para entendernos..., enseguida el elegido acabó "ungido" por un Congreso en el que no faltó ni el allegado univoto del resurrecto territorio turolense, antes desaparecido para todos los gobiernos de ese país durante decenios, si bien gracias a ciertas generosidades presupuestarias que incluían a la cónyuge del requerido para la mayoría, al mejor estilo de las colonias transatlánticas de Inglaterra.Cumplida la negociación con el más infame parlamentario que vieron las legislaturas de ese país, un rufián peor hablado y formado que cualquier bucanero pendenciero, borracho, escupeesputos, seboso y alevoso traidor que me haya sido nunca antes tratar, quedó sellado el precario gobierno que inició su andadura con tanto lastre que a duras penas ha podido dar dos pasos firmes sin trastabillar tras el primero.
Es tal el cúmulo de contradicciones e incoherencias del PM, que por eso me he visto obligado a usar un dicho muy característico de su país, el que preside esta crónica, del Diego que dice que dijo digo cuando en realidad acaba diciendo el Diego que refuta el digo que dijo. Me ha sido imposible encontrar su equivalente en nuestra brillante y todopoderosa lengua inglesa, ¡quién sabe si, ¡loado sea el Señor!, ello se deba a que tales engaños públicos no forman parte de nuestra admirada idiosincrasia! Pudiéramos ensayar un Where I missaid I meant, por ejemplo,pero yo, que no tengo nada de literato y sí todo de hombre práctico, no intuyo fidelidad ninguna a la expresión torilandesca. Todos nosotros sabemos que a quien engaña de esa manera solemos llamarlo indian giver, aunque, después de la fidelidad, abnegación y devoción de Viernes hacia y por mí, reconozco que no es una expresión que haga justicia a la bondad innata -a pesar de su salvajismo- de los indios.
Lo que está claro es que la razón por la que esos infelices torilandeses fueron a las elecciones, el rechazo al primer presupuesto del Diego en cuestión, sigue sin resolverse y, por lo tanto, sigue el tal gobernando con los elaborados por el anterior gobierno, ¡y va para tres años, casi una legislatura! ¡A eso se le llama ganar batallas como el Cid, después de muerto! Y ese sí que fue un guerrero legendario y heroico, sujeto de cantares de gesta y romances y obras de teatro y óperas, algo de lo que hace tiempo carece ese país, salvo, me han apuntado en esta isla, en un deporte nacido en la corte inglesa, el court tennis...
El colmo de los colmos, nuestro the last straw, que en este caso es idéntico, porque colmo también es la paja del centeno en español, le ha llegado al gobierno en forma de una epidemia que ha tenido su origen en una remota ciudad china desconocida, pero superpoblada, ¡once millones de personas!, es decir, una cuarta parte de toda Torilandia...
Supongo que la crónica de una "peste" en toda regla, como es la de este coronavirus, que así se llama porque parece el sombrero de un bufón coronado de cascabeles, exige dedicarle algo más de espacio que la mera anotación rápida en esta crónica en la que he tenido que resumir lo que mi incapacidad física no me ha permitido hacer con anterioridad.
Ya vendrá, pues este obstáculo -riámonos de la Muralla de China...- que a su inédita obra de gobierno, porque apenas han pasado de los famosos cien días de tolerancia que se le conceden a cualquiera, ha puesto la epidemia, amenaza con dinamitar los frágiles acuerdos que le han permitido arrancar la legislatura. Desatada la epidemia algunas semanas antes de la manifestación feminista del ocho de marzo, ¡el gran día de la vicepresidenta del Diego en cuestión!, todo hace pensar que la subestimación ideológica que de la misma hizo el gobierno de coalición ha permitido que esta se extienda sin haber previsto nada para atajarla, con lo que la mortandad ha sido superior a lo que las medidas oportunas hubieran podido evitar.
Yo miro hacia esa hermosa tierra por la que pasé fugazmente camino de Francia, y donde padecí un asalto de los lobos que casi acaba con mi vida, ¡lo que no consiguieron las penalidades que sufrí en mis muchos años de náufrago, ni los peligros que hube de afrontar!, y me duele ver la terrible escabechina que, sobre todo entre los ancianos, está causando el terrible virus que no atiende a clases ni distinciones ni jerarquías ni nacionalidades ni orígenes ni sexos: allá donde olfatea la debilidad de la carne, allá que se instala para consumar su obra deletérea...
Hay un buen número de polémicas vivas entre quienes gobiernan y quienes son gobernados, aunque he de reconocer lo admirable que es que, a pesar de las mil y una protestas, toda la población acate el doloroso confinamiento que han de atravesar para impedir los contagios. A la memoria me llegan los ecos tradicionales de las pestes que nos han asolado siempre y que han diezmado la población o contribuyeron a crear los lazaretos donde excluir a los leprosos...
Es cierto que la especie humana es débil frente a ciertas enfermedades, pero no es menos cierto que ninguna como ella ha sido capaz de sobrevivir a ellas y generar futuros halagüeños, digámoslo así, que permiten afrontar con un ligero optimismo la situación.
A mi manera, también yo estoy confinado aquí en Laputa, y con la fractura del menisco que me imposibilita el medineo por la ciudad, he divertido mi tiempo con lecturas agradables como la de un joven autor inglés muy prometedor, Laurence Sterne, cuya obra La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy me ha cautivado. Tras lo visto en Torilandia, sigo muy atento al desarrollo de ese episodio nacional imprevisto y devastador que amenaza con graves catástrofes de tipo económico, especialmente para los más humildes y desamparados.
jueves, 26 de marzo de 2020
La noción de nación, de Jesús Mosterín.
36 años después, y aún sigue vigente la respuesta a la que Pedro Sánchez no supo responder en el debate de candidatos del PSOE: "Pedro, ¿qué es una nación?"
EL PAÍS -
Opinión - 08-02-1984
El lenguaje sirve para muchas
cosas: para desvelar, conocer y analizar la realidad; para ocultarla y
confundirla; para excitar y exacerbar los sentimientos y las emociones, etcétera.
Estas diversas funciones del lenguaje se manifiestan ya en la elección de las
palabras.Si queremos analizar y entender, usaremos conceptos claros y precisos.
Es lo que hacemos en la ciencia, pero también en cualquier otro discurso
(político, periodístico...) lúcido e informativo. Si queremos manipular los
ánimos y agitar las pasiones, usaremos conceptos oscuros y ambiguos, cargados
de resonancias viscerales.. Dime las palabras que usas y yo te diré la
intención con que hablas.
Al
hablar de las realidades sociales con intención analítica, cognoscitiva e
informativa, podemos echar mano de naciones claras y precisas (o, al menos,
susceptibles de clarificación y precisión), como las nociones de territorio,
población o Estado.
El territorio es una parcela determinada de la superficie terrestre, algo
precisamente delimitable (por ejemplo, mediante un mapa), e incluso medible
(por ejemplo, en kilómetros cuadrados).
Los conceptos de territorio y población son paradigmáticamente claros, y se
usan en diversas ciencias naturales y sociales. El concepto de Estado es más
complejo, pero tampoco tanto. Se puede definir de varias maneras; por ejemplo,
como la institución que ejerce el monopolio de la violencia legal (y expide
pasaportes) en un territorio determinado. En todo caso, es fácil contar y hacer
la lista de todos los Estados del mundo (en un momento dado). Nadie sabría
hacer la lista de las naciones.
El
concepto de nacion, es un concepto confuso, oscuro y resbaladizo. ¿Qué diantres
es una nación? Muchas veces se utiliza la palabra nación como sinónimo de
Estado. Así, la organización que reúne a los diversos Estados del mundo no se
llama los Estados Unidos, sino las Naciones Unidas. Y muchos Estados (EE UU,
México, Brasil, etcétera) aplican el nombre de Estados a sus divisiones
regionales, reservando el de nación para sí mismos. Si nación
significa lo mismo que Estado, no hay problema semántico, pero los
nacionalistas en seguida nos ilustrarán al respecto. La nación de que ellos
hablan no tiene nada que ver con el Estado.
A veces la nación parece ser la religión. A raíz de la retirada inglesa de la
India, el Pakistán se desgajó como nación independiente, identificada con el
islam. Y sin ir tan lejos, muchos intelectuales de nuestro país han
identificado la nación española con la religión católica. En palabras de Manuel
García Morente, "entre la nación española y el catolicismo existe una
identidad profunda y esencial". Si nos tomásemos esto en serio, los
católicos polacos formarían parte de la nación española.
La
nación se identifica a veces con la lengua. Es quizá la concepción predominante
entre los catalanistas. En ese caso, la mitad o más de la población de Cataluña
no participaría de la nación catalana. Por otro lado, los mexicanos, los
puertorriqueños o los argentinos de la Patagonia formarían parte de la nación
española. Otras veces la nación se identifica con la raza. Quizá es así como
Hitler concebía la gran nación alemana, o como algunos conciben la nación
surafricana. El nacionalismo vasco fue en sus orígenes una especie de
nacionalcatolicismo racista.
La
nación fue inventada por los románticos, a los que molestaba la complejidad
étnica y cultural de la población real existente, y que soñaban con una entidad
misteriosa, al mismo tiempo abstracta (una especie de población ideal
inexistente, étnica y culturalmente homogénea) y personal, dotada de atributos
(como carácter, lengua, religión, etcétera) personales. Este tipo de
conceptualización (la personificación de abstracciones) es típico del pensamiento
arcaico. Michelet decía que "Francia es una persona". Todavía en
1980, Sadat, a la vez que recomendaba tolerancia con los cristianos coptos,
añadía que "no se puede olvidar que Egipto es una nación musulmana".
Y los catalanistas repiten hasta la saciedad que el catalán es la lengua propia
de Cataluña.
Decir
que la nación tiene lengua, raza, religión o carácter es tan absurdo como decir
que tiene grupo sanguíneo o dolor de muelas. Sólo los individuos concretos
tienen tales atributos. La confusa jerga nacionalista comete el error
categorial de atribuir predicados fuera de su ámbito de aplicación. Decir que
el número 7 es azul no es verdadero ni falso. Simplemente, carece de sentido.
Decir que el irlandés es la lengua propia de Irlanda carece de sentido. Lo que
sí tiene sentido (y es revelador) es informar de que el 2% de la población
irlandesa habla irlandés, mientras que el 98% habla en inglés. Pero hablar de
la población basándose en estadísticas es algo frío, científico, incapaz de
inflamar los ánimos románticos de los nacionalistas. Por eso prefieren las
proclamaciones confusas, pero solemnes, sobre los presuntos atributos
esenciales de la presunta nación.
Ninguna
ciencia aceptaría un concepto tan opaco como el de nación, pero todas las
religiones han usado conceptos de este tipo, como las nociones arcaicas de los
dioses, capaces también de provocar románticos y místicos efluvios e iras (y
guerras) santas. Toynbee dice que el nacionalismo constituye el 90% de lo que
queda de religión en nuestro tiempo. En cualquier caso, la similitud entre
religiones y nacionalismos salta a la vista.
Las
naciones, como los dioses, ni se ven ni se entienden. En las naciones, como en
los dioses, se cree. Para el creyente, son evidentes; para el agnóstico, meras
palabras. El nacionalismo merece el mismo respeto que todas las religiones,
pero no más ni menos. Hay que evitar que sea perseguido y hay que evitar que
persiga. Y sobre todo, hay que propugnar una manera más precisa, objetiva y
desapasionada de enfocar la realidad social.
Jesús
Mosterín es catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona
domingo, 2 de febrero de 2020
El ordenador tomado...
Historia de una invasión con licencia para desinstalar...
El ordenador en el que he
trabajado los últimos cinco años ha muerto. Ocurrió ayer a media tarde,
mientras a mí me llevaban por el ronzal a ver Mujercitas, la versión de Gerwig,
a años luz de la de Cukor, y sin que hubiera podido sospechar que la pertinaz
erección del panel táctil, para mí un fallo en algún dispositivo meramente
mecánico, anunciaba males mayores. Toqué y retoqué el botón de encendido, pero
no hubo manera de que respondiese. Gracias a mi técnico de confianza, he sabido
que la muerte de mi inestimable amigo se produjo por bateriitis, esto es, una
suerte de tumefacción de la batería que la hizo hincharse hasta extremos
peligrosos, porque lo peor podría haber sido, y es relativamente común que
ocurra, que el ordenador me hubiera explotado mientras intentaba seguir
apurando sus últimos días de vida, es decir, que he de considerar que el último
servicio que me ha rendido ha sido el de ahorrarme una desfiguración facial,
¡en el mejor de los casos! ¡Ni quiero pensar en consecuencias mayores para quien
tiene tan ingenuas como longevas expectativas de vida, a tenor de cuanto me
queda por escribir! Así las cosas, lo esencial es haber conseguido una copia de
todos los archivos que se guardaban en el viejo Asus, que tan buen servicio me
ha rendido, y saber que en este Acer que he heredado de mi hija puedo
instalarlos para seguir trabajando como si tal cosa.
El motivo de estas confidencias
tecnológicas no es el mero cambio de ordenador, sino la insospechada situación
que me ha deparado el traslado al Acer, porque, arrumbado por mi hija ante un
MacBook Air de segunda mano que le consiguió su prima, me veo ahora como un
"invasor" autorizado de una vida solo relativamente ajena, y en la
que, desde mi entrada con los tres correos añadidos, el cambio del pin de
acceso y otros menesteres, como la selección de Gorjeolandia, El País, el
diccionario de la RAE y otras herramientas básicas de mi actividad diaria, mis
propios blogs muy destacadamente, voy desplazando la presencia de mi hija en él.
El escritorio, lleno de archivos suyos
de la carrera de Magisterio, así como el disco duro, aún le pertenecen, porque
quiere ella controlar el "vaciado" de ambos espacios, saber qué
importa y que lanza a la papelera de reciclaje para vaciarla acto seguido, no sea
que a mí se me pudiera ocurrir "fisgonear" donde no debo..., me
imagino yo que debe de pensar ella, aunque sepa perfectamente el ultrarrespeto
que le he tenido siempre a su intimidad y a la de su hermano.
En todo caso, entrar en "Mis
imágenes" de C y advertir que ninguna es propiamente tuya, que ni
siquiera apareces ni por equivocación, no deja de ser curioso y te hace
sentir como un "voyeur" de vidas ajenas. No hay archivo de los
Documentos de C que haya abierto, pero solo el título de los mismos me habla ya
de otro mundo, de una realidad absolutamente desconocida, salvo los que
anuncian en el enunciado labores académicas de las que suelo estar al tanto,
bien por haber echado una mano correctora, bien por saber de qué se puede
hablar en ellos. La sensación, con todo, es, hasta cierto punto, desagradable;
no por cometer ninguna traición a la hasta ahora dueña del aparato, sino por el
propio hecho de ir desplazando tanta vida y haciendo espacio para la que lo esta ocupando desde ayer, nada más descubrir esta joya que me sirve ahora mismo como si lo hubiera acabado de adquirir en la tienda.
Esta situación me ha recordado
vagamente el cuento de Cortázar, Casa tomada, pero también, desde otro punto de
vista, podría recordar a La peste, de Camus... , o La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, pero, al margen de
tremendismos o misterios, lo propio es que, incluso en este momento en que
escribo esta crónica de la invasión, aún andan por todos los rincones de
"mi" nuevo Acer, una patulea de archivos de mi hija que no me dejan
sentirme cómodamente instalado en mi nueva casa de labor, en mi nuevo atellier,
que dicen los franceses. Lo que no creo que tenga es la bendita paciencia que
solemos tener todos los padres del mundo, y que, ante la tranquilidad con que
mi hija se tome el vaciado de la información
que le pertenece, no acabe tomando yo la decisión de metérsela toda en un lápiz de
memoria y que arree con su clasificación en el manzano de su propia casa... Sí,
lo han adivinado los gentiles lectores, esta incomodidad cibernética es
trasunto total de la propia incomodidad vital que supone que los hijos alarguen
tanto su estancia en la casa que les pertenecerá pero a la que, a cierta edad,
ya solo deberían ir o de visita (corta, de preferencia...) o por necesidad
imperiosa, aunque con mucho cuidado de no invadirla con costumbres ajenas ni
trastos molestos ¡ni mucho menos seres inesperados!
En esas estoy, confiado en que, a diferencia
de lo que me ocurrió en el Asus, no haya de cambiar el teclado porque mi
impulsividad mecanográfica borre las letras de las teclas y aun
"reviente" algunas de ellas por los continuos golpeteos propios de
otras útiles de escribir que ya han quedado en el olvido total, y en los que me ejercité en la mecanografía con tal habilidad que me sirvió esa destreza para aprobar la oposición a Auxiliar Administrativo de la Delgación de Hacienda, en su momento.... Hasta aquí -esta es la primera entrada que publico en mis blogs- me siento cómodo y creo que podré
alargar la vida de esta hermosa criatura algunos años... Ya veremos qué
barbaridades acabaré llegando a escribir en este teclado que "suena"
mucho mejor que el otro, más "profesional", en la medida en que me recuerda a mi vieja Hispano-Olivetti Pluma 22 que tengo impresa en la memoria... , esta...
lunes, 27 de enero de 2020
Los Goya: una función de fin de curso a todas luces excesiva…
El
simulacro de los Oscars mejora algo la presentación y los efectos especiales,
pero le sigue faltando fuerza al guion…
La
retransmisión televisiva de los Goya exige demasiado a unos telespectadores que
no son, en su mayoría, ni siquiera “afectos” al cine español, a juzgar por la
taquilla… Desde el histórico récord de
público de 1999 en La 1, con un 33,5% de share, el programa más visto ayer sábado
pasó por los pelos del 26%, lo cual puede tener su explicación en el
publirreportaje de La 1 antes del telediario de las 21:00 h que luego se
extendió al telediario propiamente dicho: una eficacísima arma disuasoria, a
juzgar por las banales entrevistas y el desfile de supuestos glamures de
mercadillo con que nos obsequiaron nuestras pálidas estrellas nacionales.
Ayer
todo se conjuró, Málaga incluida, para convertirse en un acto patrio de
respaldo a la candidatura de la película de Almodóvar para los Oscars de
verdad, cuyo «ensayo» con figurantes pudimos contemplar con algo de la
vergüenza ajena con que se suelen ver los alardes de narcisismo propios de
estos acontecimientos en los que tan poca cosa ocurre. Diderot fue muy
explícito en La paradoja del comediante, cuando defendía que solo desde
la profunda serenidad anímica del intérprete podía este representar las
pasiones que habían de subyugar a los espectadores. Si atendemos a que el
espectáculo de ayer lo fue propiamente, un espectáculo, se infringió esa ley no
escrita y tuvimos que sufrir los pathos clásicos de este tipo de actos
en los que la espontaneidad de quienes no lo son en su profesión se vuelve un
hueso duro de roer. Ni siquiera la octogenaria debutante Benedicta Sánchez, que ya se marcó en
otro foro una muñeira verdaderamente entrañable, supo ejecutarla de nuevo, para
solaz de los espectadores.
Todos
sabemos que una gala de más de tres horas es una piedra en el hígado, y que es
muy difícil de concebir que haya habido -excepción hecha de amigos y familiares
de los nominados, además de la gente del “mundillo”- espectadores capaces de
seguirla íntegra, como, por deferencia hacia mi Conjunta, tuve yo a bien
permanecer «atento» a la pantalla y, ¡por primera vez en años!, deseando que la
gala fuera interrumpida más a menudo por anuncios publicitarios… El metraje
excesivo es una losa tan pesada que ni el levantalosas que asistió al fiestuqui
-para no entrevistarse con el Presidente legítimo de Venezuela, Guaidó-, sería
capaz de levantar esta para ahorrarnos algo del tedio que inevitablemente acaba
disuadiéndonos de seguir ante la pantalla e invitándonos a irnos a leer o a otros menesteres igualmente saludables que
también se realizan en la cama.
Por
primera vez desde que yo recuerde, que tampoco soy adicto a estas galas ajadas, los presentadores de la misma no tuvieron ese
omnipresentismo que acaba haciéndose pesadísimo, como cuando las presentaron
Dani Rovira o Corbacho, por ejemplo. Además, y eso ha sido la novedad más
importante, ¡por fin el escenario se ha convertido en un espacio de acción
cinematográfica digna de la gala a la que sirve! Aun torpona y algo chabacana,
la representación de la supermujer SS tuvo algo de gracia, por los efectos especiales proyectados, del mismo modo que
ciertas retrancas de Andreu Buenafuente, de tipo político, fueron más inspiradas
que los habituales chafarrinones, como cuando le sugirió a Barroso
que se cambiara el nombre, “Mariano”…, o como cuando pretendió no saber cómo
había de dirigirse a snchz teniendo en cuenta que el "presi" esa noche era Barroso, que
Pedro era Almodóvar y que el “guapo” era Banderas… Se agradeció la ausencia de
chascarrillos facilones, como el que clausuró la gala, por cierto que,
supuestamente, había de tener la gracia en el culo y, en efecto, tuvo la gracia
en el culo… La reincidencia con el actor Jorge Sanz fue muy buena, así como la
aparición “con tartas de slapstick en la cara” de los dos peores presentadores
de la gala por aclamación popular. La guinda, como en otras situaciones, la
puso el verdadero triunfador del cine español en las pantallas, Santiago
Segura, cuyo “producto” no concitó el más mínimo interés por parte de los
académicos, acaso con razón y quien reivindicó la umbralada... (Yo he venido para hablar de mi libro, ¿cuándo se habla de mi libro?). Cabe agradecer, también, a diferencia de otras
ediciones, que los premiados no usaran el micro como púlpito, salvo las
excepciones de rigor. Llega uno a la conclusión de que en estos casos, el
silencio, la sonrisa y una generosa palabra: «gracias», son el mejor discurso,
la verdad.
Aunque
les sirvió a los presentadores para un chiste, El crack cero…nominaciones,
no deja de sorprenderme que una película tan excelente como esta de Garci,
quien ha sacado un partido excepcional de los pocos menos de dos millones que
costó la película -que ya me hubiera gustado saber a mí qué hubiera hecho
Almodóvar reduciéndole los siete millones de más que costó la suya- no haya
llamado la más mínima atención de los académicos. ¿Tendremos algún día las
filias y fobias de los mismos, como sabemos la orientación ideología de todos
los jueces…? El cine, por suerte, no depende siempre del dinero, y casos hay de
películas hoy míticas que incluso se puede decir que han sido de fabricación
«casera», como Eraser head, de Lynch. No puede competir Garci en
taquilla con cineastas de proyección mundial como Amenábar o Almodóvar, pero
sorprende que a los académicos les hayan pasado desapercibidos los valores
fílmicos de esta culminación de una trilogía esencial en el cine español. Solo
deseo que la taquilla le haga la justicia que le han negado los académicos. No
olvidemos, con todo, y de ahí el desplante de Segura (sobre el seguro de su
magnífica taquilla que le permite «ir a su bola»), que hay más odios cruzados
en el «mundillo del cine» que en la propia política, que lleva la mala fama.
En esta vimos a Espinosa de los Monteros, Pablo Manuel y Arrimadas riéndose unas
gracias que mucho me temo que serían difíciles de ver entre Almodóvar y Amenábar,
por poner un ejemplo cercano…y nominado.
Deslucido
hasta casi el insulto quedó, eso sí, el homenaje a Marisol, no solo porque hubiera
merecido unos minutos retrospectivos que repasaran su larga filmografía para
ver a la reina del desparpajo infantil y a la magnífica actriz adulta de Los
días del pasado, de Mario Camus, sino porque ni siquiera el presidente de la academia se
dignó a hacer entrega del galardón a sus hijas. ¡Que no le han perdonado el feo
de no ir en persona a recogerlo, vaya, y no hay más que hablar! Y menudos somos
en este país para exhibir el desprecio… Algo más de respeto hubiera merecido
una auténtica “gloria” viva de nuestro cine, parte inolvidable de él para muchas
generaciones aún vivas. Qu cantara su hija, con menos voz que Lee Marvin en La
leyenda de la ciudad sin nombre o que lo agradeciera su digna heredera
sobre las tablas, María Esteve, no paliaron esa sensación de orfandad gélida en
que se convirtió esa parte del acto, más próxima a la galería de los
“desaparecidos”, con la excelente actuación de Jamie Cullum, que a la fiesta
grande del honor en vida.
Sobre
el palmarés de premiados solo cabe repetir el tópico de siempre, que nunca llueve a gusto de todos; pero,
sin haberla visto aún -la compraré con El País en breve- , uno «intuye» que O que arde merecía bastante más, así
como Las ventajas de viajar en tren o Intemperie, que promete.
Las veré y lo diré, por supuesto. Todos los premiados tuvieron sus momentos de
«emoción» solapados con la inverosímil solidaridad y la obligatoria admiración
al resto de los nominados, lo que no ocurrió en el caso del mejor director,
curiosamente; pero sobre los egos y su iglesia ya hay doctores que pontifican
muy bien, como para meterme yo ahora en heterodoxias extemporáneas.
Los
espectadores agradecen la sobriedad de los «premios menores», aunque, en su
calidad de «industria», no hay parcela, desde el maquillaje hasta el vestuario,
pasando por la música o la labor de producción que admita esa categoría de
«menor», véase, por ejemplo, la impecable labor de dirección artística de una
película como la de Amenábar, por ejemplo, que cae, casi, dentro del cine de
época. Lo que está claro, y eso es indiscutible, es el nivel de calidad de
nuestra industria fílmica. Otra cosa muy distinta es, por supuesto, que esos
esfuerzos productivos acaben teniendo el favor del público, pero son muchas las
películas españolas en los últimos años que tienen una calidad excepcional, y
ahí están incluso los propios palmarés de los Goya que alguna vez la ha
reconocido, dicha calidad. Lo propio, sin embargo, es que muchas películas ni
siquiera lleguen a estrenarse, pero, para que sirva de consuelo, acérquense los
«quejicas» a una realidad como la del estreno de la última película del maestro
Roy Andersson, Sobre lo infinito
-que Filmin tiene la delicadeza de invitarme a verla-, y verán que en todos
lados cuecen habas… ¿Es necesario recordar que un director tan polémico como
visionario, Albert Serra, es algo así como un «apestado» para esa «fiesta del
cine»? O sea, que, más allá de los oropeles de dos películas mediáticas, pero
no poco mediocres, las que se llevaron la cesta de las nominaciones, hay una
realidad fílmica viva y muy digna de que pasemos por taquilla para verla.
sábado, 11 de enero de 2020
Sorolla o la pasión por el dibujo y la familia.
Un museo "habitado" por la luz que aún gotea en los pinceles...
Escaparse al Museo Sorolla en Madrid es algo así como la oportunidad de entrar en la intimidad de uno de los grandes pintores españoles del siglo XX, cuya obra, además, va creciendo en la estimación unánime de todo tipo de públicos. Sorolla tiene dos cualidades que a mí, en particular, me lo hacen entrañable: por un lado, la pasión irrefrenable por dibujar -de hecho, la exposición particular que ofrecía la visita era la de 500 dibujos de todo tipo y tamaño que confirmaban que él sí que era un hombre de nulla dies sine linea (título, por cierto, que escogió Antonio Saura para su calendario de dibujos de la actualidad), porque el dicho no tiene su origen en la escritura, sino en la pintura, recogido por Plinio el Viejo, quien lo pone en boca de Apeles de Colofón-, es decir, por practicar asiduamente, sin descanso, los fundamentos de su arte -en mi caso es la escritura- y, por el otro, la pasión irrefrenable por su mujer, Clotilde, que ampliaría después a los tres hijos que tuvo con ella y que abundan en sus pinturas y en sus dibujos de tal manera que bien podría ser considerado Sorolla algo así como "el pintor de la familia", porque no pierde ocasión de fijarse en lo que ocurre a su alrededor y llevarlo al papel o al lienzo. Una tercera cualidad -la de ser trabajador- ni siquiera la consigno, porque quien vive con pasión el arte al que entrega su vida, por fuerza ha de ser pródigo en la labor.
En el caso de Sorolla, además, que entra como ayudante de un reconocido fotógrafo valenciano, Antonio García Peris, casa en la que consolida la amistad con su futura mujer, la hija del fotógrafo/institución de Valencia, y a quien conoció porque su hermano Juan Antonio fue condiscípulo de Joaquín en la Escuela de Bellas Artes de Valencia, en la que ambos estudiaron, esa condición de trabajador infatigable está en relación directa con el prurito de conseguir para su mujer y sus hijos un estatus económico como el que el padre de ella le había dado con su actividad fotográfica e incluso pictórica, pues hizo también, García Peris, sus pinitos pictóricos. Se le atribuyen a Sorolla más de 500 retratos, su fuente primordial de ingresos, la que le permitió ir acumulando una fortuna que no dudó ni un momento en invertir en la casa/palacete que es actualmente su Casa Museo, por cuyas salas los visitantes aún pueden percibir los ecos de la familia alegre y "movida" que la habitó.
Ya es la tercera vez que hemos ido al Museo y en esta ocasión escogimos la modalidad de la visita guiada, lo que nos permitió conocer ago más en profundidad las diferentes etapas del autor, las diferentes luminosidades de las distintas playas donde pintó, o las circunstancias familiares de no pocos cuadros en los que la familia es protagonista absoluta. De la pasión de Sorolla por Clotilde da fe la profusión de retratos de su mujer, a quien viste de mil maneras y a quien sorprende de otras tantas, y entre ellas son de mi predilección los cuadros y dibujos en que la sorprende leyendo, lo cual me hace mucho más afín a ella, por supuesto, al compartir la pasión por la lectura, que es, realmente, un "modo de vivir". Es sabido que Sorolla la llamaba, en la intimidad, "mi feúcha", algo que, sobre ser falso, reivindica una suerte de derecho taumatúrgico del pintor: soy yo quien en mis dibujos y lienzos te va a otorgar la belleza...
Lo que está fuera de toda duda es la imponente cohesión de la pareja a lo largo de toda una vida, en la que a Sorolla no le fue fácil destacar, que conste; en ningún caso se trata de un autor de éxito inicial arrollador, todo lo contrario: fue abriéndose paso poco a poco y a veces ante la incomprensión de algunos certámenes y de no pocas galerías y marchantes. Cuando le llega el éxito, sin embargo, salvo el lujo propio que puede permitirse, lo esencial de su vida sigue inalterable: dedicado en cuerpo y alma a su obra y a su familia. Gracias a Clotilde, que fue quien tomó la decisión de crear el museo y donar toda la obra de su marido al Estado español, podemos hoy, sus compatriotas, disfrutar de un museo tan excepcional. Su hijo Joaquín fue el siguiente Director y tanto él como sus hermanas donaron sus obras al Museo. Por eso hago hincapié en el carácter familiar que tiene el museo, donde parece que, como en esas visitas "representadas", vaya a aparecer el mismísimo Sorolla para "improvisar" un retrato o para acabar el que se exhibe en la sala principal a medio acabar, el de la esposa de su amigo Ramón Pérez de Ayala, que quedó incompleto porque sufrió una hemiplejía que le impidió seguir pintando, tres años antes de su muerte.
La propina de la visita guiada -por cierto, en todas las casas museo lo primero que sacrifican para el espacio administrativo es la cocina, un lugar tan nuclear siempre en una casa, donde se negocian los altos asuntos del estómago y la salud- era la exposición de dibujos, muchos de los cuales no se habían expuesto con anterioridad. A través de esa febril actividad el visitante puede observar la maldición que han padecido todos los grandes artistas: la sed de perfección. Lo singular, en el caso de Sorolla, es no solo la dedicación al perfeccionamiento de su oficio, sino la habilidad para, con muy diversas técnicas a su alcance, desde el carboncillo hasta la acuarela pasando por el gouache, la témpera, las ceras, la tinta china o el lápiz, captar una realidad inmediata que adquiere una vida espléndida en sus bocetos, algunos muy desarrollados, casi instantáneos, como las calles de Nueva York contempladas en picado desde la habitación del hotel, por ejemplo, o las diferentes actividades familiares que tantísimo le llaman la atención y que configuran un verdadero álbum de la vida de una familia en el cambio de siglo, del XIX al XX, un auténtico documento que bien hubiera dado, sin duda, para una serie televisiva biográfica, pero se ve que aquí lo propio nuestro interesa poco, aun a pesar del exitazo que fue en su día una trilogía como Los gozos y la sombras de Torrente Ballester o Fortunata y Jacinta, de Galdós.
Visitar el Museo Sorolla es entrar en esa familia y en la delicada naturalidad de una visión de la luz que han convertido a Sorolla, con sus famosísimos cuadros de la playa, en un pintor universal cada día que pasa más celebrado.
La casa, por otro lado, obra del arquitecto Enrique María Repullés, con dos magníficos patios de estilo andaluz, una preferencia de Sorolla, a quien hechizaron, literalmente, la Alhambra y el Alcázar de Sevilla, permiten al visitante sentarse y disfrutar a veinte escasos metros del horrible tráfico madrileño, de una ensoñación árabe en la que el silencio se alía con el dulce murmullo del agua para su solaz, para su recreo y su honda paz interior. En el interior del palacete es otra paz, la de la intensa vida cotidiana familiar que el artista anda cazando en cada movimiento de los suyos, retratados una y otra vez de todas las formas posibles, y, presidiéndolo todo, el magnífico "retrato en gris" de Clotilde, la musa del artista y su apoyo vital desde que se conocieron. Sí, no hay que tener pudor de esas cosas: los Sorolla-García fueron una pareja enamorada que construyeron su amor a lo largo de todos y cada uno de los días de su vida que estuvieron juntos. Todo indica que se juntó el genio con la inteligencia y la belleza y formaron una sociedad perfecta. Ese es el aire que se respira en las estancias. Joaquín pinta; los niñós alborotan, se persiguen, Clotilde intenta poner orden aquí y allá, incluso en las herramiento de su marido, los pinceles, los potingues, las pinturas, mientras se entretiene con una cámara manual para arrancar otros óleos muy distintos a su vida familiar o se adentra en un libro con el que se aísla de la algarabía que la rodea. Es difícil, sí, no enamorarse de Clotilde vista con los ojos con que la mira Sorolla.
Los artistas tienen fama de caprichosos y atrabiliarios, pero Sorolla solo parece tener un capricho: su familia, que asocia a su razón de vivir, la pintura. ¡Qué afortunado encuentro para los visitantes que ahora recorremos esas salas y atendemos a las pormenorizadas explicaciones de una guía que, como las verdaderas profesionales, te habla como si hubiera gozado siempre de la intimidad de la familia, aun hasta en los más nimios detalles! Al final del recorrido, al visitante le cuesta horrores aparecer como un "listillo" entre el grupo y confesar que sí, que estamos ante un Ribera, cuadro que Sorolla intercambió como recompensa por un retrato de encargo. Pasado el trance, se fija en los detalles del mobiliario, de las cerámicas, a las que Sorolla fue un gran aficionado, y en otros detalles aparentemente menores, como la "devoción" de Sorolla por Velázquez, una copia de cuyo retrato de Inocencio X preside el estudio principal.
Cuesta irse de ese mundo de blancos innúmeros, de esos cuerpos esculpidos en barro líquido, de esos animales que entran o salen del mar, caballos, bueyes, de esas telas gobernados a su antojo por los vientos, de esa luz cegadora, de la serenidad de ciertos retratos, de la paz de otros, del acogimiento íntimo de escenas "sorprendidas"... Sorolla, en definitiva, siempre merece una nueva visita...
jueves, 12 de diciembre de 2019
Turismo de proximidad: Cardona, Solsona, Manresa…
Un breve viaje para una profunda satisfacción
monumental, histórica y paisajística: tres días por la Cataluña en proceso de
despoblación y llena de bellezas.
Hay
un turismo de bajo espectro y altísimo provecho que es al que podríamos llamar «turismo
de proximidad», es decir, descubrir esos lugares que, justo por estar tan cerca
de nosotros, solemos posponer, en la lista de posibles destinos, a los últimos
lugares, si es que incluso llegamos a acordarnos de ellos.
Reconozco
que el afán de mi Conjunta y mío de conocer toda la red de Paradores de España
puede parecer un capricho hasta cierto punto oneroso; pero no es menos cierto
que, siendo amigos de su red y aprovechando las frecuentes oportunidades que la
red suele ofrecer para convencer a los turistas de que un Parador es un lujo a
su alcance, vamos poco a poco sumándolos a nuestra lista para regocijo nuestro
y provecho de nuestra afición a conocer España, sin duda uno de los mejores
destinos turísticos del mundo.
Cardona,
ha sido el destino escogido y ello nos ha permitido, no solo un hospedaje
señorial, en el antiguo castillo de los duques de Cardona, enriquecidos por la
explotación de su famosa, ¡y al parecer única en el mundo!, majestuosa montaña
de sal, un diapiro -no acabé de
aclararme con si sinclinal o anticlinal- excepcional, sino también conocer
dicha montaña y la explotación que ha sufrido desde el neolítico hasta casi
nuestros días.
La
visita a la explotación minera de la montaña la hicimos solos con la guía y nos
permitió hacer fotografía a nuestro
antojo, como las que aparecen en este texto intercaladas, además de tratarnos
con una amabilidad que rayaba en la obsequiosidad, y que nos permitió sentirnos
no como turistas sino como «invitados», lo que acrecienta el disfrute de la
visita, por supuesto. Está fuera de toda duda su profesionalidad como experta
guía de un fenómeno natural que impresiona a quien estos fenómenos de la
naturaleza sea capa de impresionar. El descenso con el minibús hasta la entrada
de la mina nos recordó el recorrido del autobús por Doñana, y el recorrido de
las galerías que visitamos fue una experiencia extraordinaria.
De
alguna manera, estábamos conociendo las dos perspectivas de Cardona: el
castillo de la aristocracia en lo alto y, en lo bajo, la mina donde trabajaban, explotados, primero
los siervos de la gleba y, siglos después, cuando la adquirió Explosivos Río Tinto,
muchos mineros venidos de Andalucía y Murcia, fundamentalmente.
A la vista de
la montaña lateral de ganga que se alza en un lateral de la montaña, creando
otra nueva, artificial, con los desechos de la explotación, nos acordamos, por
mera asociación, de la playa contaminada en Portmán, llena de metales pesados
abocados al mar por las explotaciones mineras de La Unión, muy cerca,
curiosamente, del maltratado Mar Menor, ¡el paraíso de mi infancia!, hoy una
charca sin oxígeno y casi sin futuro, por los venenos que de las explotaciones
agrarias acaban en él.
Fue
muy interesante discriminar mediante el paladar las diferenciar entre el
cloruro de sodio y las sales de magnesio y de potasio en el interior de la
mina, en su «capilla sixtina», que estas cuevas, como cualquiera que se precie,
también tiene. La investigación de las cuevas tiene algo de la exploración de
un útero simbólico en el que buscamos reproducir la placenta donde se inició la
aventura de la humanidad sobre la Tierra.
Sea como sea, lo cierto es que mi
Conjunta y yo somos muy “de cuevas” en nuestros viajes, aunque estén tan
«urbanizadas» como las de Mallorca.
El
pueblo de Cardona tiene una iglesia bien curiosa y atractiva y una plaza mayor
que más parece paseo que plaza, llena, como el Ayuntamiento, de recordatorios
incívicos de los golpistas que están en prisión. Para los turistas de mirada
atenta y cámara en ristre, son muchos los atractivos que salen al paso del
paseo por sus calles.
De hecho, hay una bajada directa del castillo hasta casi
la plaza mayor muy agradable y que hicimos de noche profunda, con la linterna
del móvil para los tramos más oscuros. La amabilidad de las gentes con quienes tuvimos
la oportunidad de hablar, en castellano, por cierto, fue como debe de ser y
como ha sido siempre en todos y cada uno de los pueblos de Cataluña donde uno
no tropiece, claro está, con los supremacistas y xenófobos que pueden amargarle
el día a cualquiera, por descontado. N tuvimos esa desgracia.
Solsona
tiene un casco antiguo delimitado por el perímetro amurallado del que aún
quedan notables restos y que permiten un recorrido perimetral de la ciudad con
cierto encanto.
El día en que llegamos estaban procediendo, muy laboriosamente,
a «plantar» el abeto de navidad en una plazuela preciosa. Tiene un precioso
paseo arbolado extramuros y comimos, de fábula, en un hotel modernista donde
fuimos atendidos como en un restaurante de lujo.| Añadir leyenda |
En Información nos sobrecogen con una información terrible: todo el Solsonès tiene solo 15.000 habitantes, 9.000 de los cuales habitan en la capital de la comarca.
Atravesamos
pueblos, camino de Sant Llorenç de Morunys, pues, sin apenas almas vivientes en
ellos. Pero antes de ello fuimos a visitar el cementerio romántico de Olius, excavado
en la roca e integrado totalmente en el paisaje natural del lugar, obra de Bernardí
Martorell i Puig en 1916, una visita absolutamente recomendable, así como la
iglesia que tiene al lado.
Seguimos el sinuoso camino que bordea el pantano de
La Llosa del Cavall y, pasado Sant Llorenç, tras perdernos cuatro veces,
logramos llegar al pie del santuario de Lord, desde donde iniciamos el Vía Crucis,
por una pared vertical que nos lleva a la cima en veinte minutos de subida
desoxigenante que nos hace perderle el respeto al frío que acompaña la caída de
la tarde.
Desde la cima, el Valle de Lord se extiende,
con toda su belleza arisca, y el pantano muy al fondo, ante nuestros ojos
deslumbrados. Mereció la pena la excusión por territorios prepirenaicos. A la
derecha se intuye Berga el massís
de Queralt. A la izquierda, Port del Comte. Volvemos, satisfechos, a nuestro
albergue, donde nos afanamos en la lectura y el estudio con idéntico provecho
que en nuestra propia casa. Me digo que tendría que pedirles a los de recepción
que me vendieran un libro de los que Paradores pone a disposición de sus clientes
en las habitaciones: un hermoso volumen con ilustraciones de los textos
manuscritos de Walter Benjamin que, imagino, a nadie llamará la atención…, pero
me disuaden… No niego que incluso se me pasa por la cabeza la posibilidad de la
sustracción, en aras de la suprema causa
de la cultura, pero me disuado…
La
visita a Manresa, donde comimos, camino ya de vuelta, fue bastante más
interesante de lo que nos podíamos imaginar. La soberbia catedral, obra del
mismo arquitecto que proyectó la de Santa María del Mar, nos complugo e incluso
descubrimos no pocos detalles tan espectaculares como el grupo escultórico
fúnebre de Francesc Mulet, obra de Josep Sunyer. El actual es una réplica
exacta del original, en mármol, destruido en un incendio en 2012, provocado por
los casi 4000 cirios que ardían a su lado. Nos llamó la atención, junto a la
plaza donde está el Ayuntamiento, la visita a una calle medieval. Entramos y la
visita resultó serlo a la historia urbanística de la ciudad, que culminaba con
el recorrido de una calle medieval conservada en su estado original. La amable
cicerone nos entretuvo y nos ilustró, y descubrimos, con ella, que Manresa es
la única ciudad en la que siempre se «bajan» las escaleras que comunican sus
diferentes niveles de urbanización, porque es una ciudad únicamente con Baixades
en el nombre e esas calles que no parece que suban nunca. A la hora de comer,
el centro comercial queda vacío de golpe y con oca oferta, por lo que
callejeamos hasta descubrir un paseo que nos llevó por la reducida parte «modernista»
de la ciudad, aunque un de sus obras, el antiguo Casino, hoy biblioteca es lo
suficientemente monumental como para satisfacer el paladar arquitectónico más
exigente.
Un día antes, ya no recuerdo a cuento de qué, había yo comentado que hacía
siglos que no comíamos una crêpe, algo que, en nuestro viaje a la
Bretaña francesa, hicimos casi cada día del viaje. Pues a la entrada del paseo
descubrimos un restaurante bretón donde nos sumergimos en una atmósfera totalmente
bretona y donde me di el gustazo e dos crêpes, la versión salada y la
dulce para el postre. La sopa de cebolla no era muy buena, pero las crêpes… ¡Por todo lo alto! Nos
despedimos de Manresa dejando para otra ocasión la visita a la Cueva de San
Ignacio de Loyola, quien tuvo una muy intensa relación con Manresa, algo que
figura en su autobiografía y que ha ayudado lo suyo a la promoción turística de
la ciudad. Que conste que la visita a la calle medieval la hicimos con una
pareja que visita la ciudad cada año, desde hacía no menos de quince…
Lo
que me extraña es que no guarden memoria turística de que fue escenario del rodaje
de una de las obras cumbres del cine español: Plácido, de Berlanga, allí
rodada, cuando en muchos otros sitios explotan esa memoria cultural del cine
como un aliciente más para el turismo, como ocurre con la localidad donde se
rodó Amanece que no es poco, de Cuerda: Liétor, entre otros, muy próxima
a la albaceteñomurciana Hellín.
Qué
comodidad, finalmente, la de volver “de viaje” en apenas una hora…
Ya en
ella, a la vista de las fotografías pasadas al ordenador y de su contemplación
en una pantalla grande, no en el visor de la cámara, se pregunta quien esto
escribe si hay viajes cuya crónica no podría reducirse, en realidad, a una sucesión
de fotografías con indicaciones referenciales al pie de foto… Algo así se me
ocurrió para una suerte de ensayo autobiográfico que aún no he intentado, por
supuesto… ¡Ay, pudor, cuántas equivocaciones se cometen en tu nombre!
sábado, 2 de noviembre de 2019
«Cinco horas con Mario», de Miguel Delibes o érase una actriz, Lola Herrera, a una obra pegada.
Lola
Herrera/Carmen Sotillo o cuando la
ficción y la realidad desdibujan sus perfiles y el arte teatral sale ganando.
Ha pasado por esta
Barcelona de la insurrección supremacista del nacionalismo xenófobo catalanista
una actriz como la copa de un pino interpretando una obra/documento sociológico
en cuyas representaciones ha estado atareada durante cuarenta años, porque,
tratándose de una adaptación al teatro hecha por el autor, Miguel Delibes, de
su novela Cinco horas con Mario, este ya dijo que la única Carmen
Sotillo posible y deseable era Lola Herrera, con quien esta se ha identificado
de tal manera que bien puede decirse que ambos nombres irán siempre unidos en
la memoria de los espectadores.
No solo la de los de la obra de teatro, que
ahora ha vuelto a Barcelona después de muchos años, sino también de la de los
de la película, Función de noche, de Josefina Molina, cuya idea surgió
tras observar la directora cómo la actriz, en una de sus representaciones aquí
en Barcelona, cayó desmayada al suelo, presa de la fortísima crisis de
identidad que estaba sufriendo merced a la interpretación de una vida que
tantas concomitancias tenía con la suya propia.
A
partir de ese incidente, se le ofreció a la actriz la posibilidad de realizar
una película singularísima en nuestro panorama cinematográfico porque es una
terapia matrimonial crudísima y sin tapujos
ni maquillajes entre ella y su marido, Daniel Dicenta. De forma paralela
a lo que ocurre con el «desnudamiento» psicosociológico de la protagonista de
la obra Carmen Sotillo, quien se revela tal y como es, incluso para su propio
horror y no poca vergüenza, por el hecho, para ella inimaginable en otras
circunstancias, de expresar intimidades cuya simple elocución la turban
profundamente, Dicenta y Herrera tienen, ante las cámaras, una larga
conversación en la que, desde la serenidad de los rencores sofocados, van
analizando lo que una época muy oscura de la historia de España, la dictadura
de Franco, hizo con ellos: una obra de deformación que les provocó no pocos
sinsabores, amarguras e incluso una dolorosa separación; aunque lo peor de todo
fue la sensación de haber sido expoliados de su verdadero yo, de ignorar cuáles
eran, frente a las castradoras exigencias morales de su tiempo, sus auténticas
necesidades y sus verdaderos deseos e inclinaciones.
El
dolor de enfrentarte a ti mismo desde el despojamiento, de una fachada de
ficción que, impuesta por los convencionalismos y las tradiciones exteriores,
uno siempre ha confundido consigo mismo, es el verdadero dolor que expresa la
protagonista de Cinco horas con Mario, y halla, para que los
espectadores lo perciban nítidamente, en
Lola Herrera los únicos acentos, inflexiones, crispaciones, guiños,
complicidades y dolores incomparables.
Aunque
la actriz dobla actualmente la edad de la protagonista, su presencia en el
escenario -el micro, finalmente, se ha convertido en una distorsión que no nos
queda más remedio que aceptar, aunque no puede compararse con la magia de la
voz natural dominada por un largo ejercicio de la profesión- crea perfectamente
la ficción de la mujer joven que asiste a la súbita muerte de su marido, quien poco menos que le reprocha que la deje
en la estacada, con los hijos aún pequeños y sin haber accedido a una
estabilidad económica y a un estatus social como el que ella -a la que nunca le
faltaron pretendientes- «merecía» y que
él, un catedrático de izquierdas, opositor al Régimen, desdeñaba.
En una
representación sin interrupciones, con un ágil ritmo narrativo, el propio de la
novela adaptada, Lola Herrera nos ofrece lo que podríamos considerar una suerte
de antiepicedio, porque la retahíla de reproches al marido no va a cesar ni un
momento. Carmen ajusta cuentas, y entre ellas la primera es la de no haberse
sentido «deseada» ni bien tratada, porque en la vida de su marido la carrera,
la vocación literaria combativa y la política ocupaban un puesto preeminente
que ya le hubiera gustado a ella tener.
La
evocación de la admiración de los posibles «rivales» a los que su marido no
temía, suma una perspectiva cómica al desarrollo del monólogo y le permite a la
actriz un lucimiento merecido, porque la naturalidad de todo el monólogo, en el
que hay ciertos motivos recurrentes con los que se busca la complicidad del
espectador, como la admiración por los senos turgentes de ella bajo la rebeca
de punto cuando pasa por delante del tendero que hubiera sido para ella un
partido a la altura de su belleza y de sus aspiraciones, es una de las
características básicas de la obra. La rica lengua coloquial de Valladolid es
una constante en la obra y un dificultad añadida para los espectadores jóvenes,
¡y más en la CAT sumergida en la demencia educativa del monolingüismo catalán
que margina el bilingüismo propio de nuestra sociedad!
Otra
de las aspiraciones de la protagonista que da pie a uno de los momentos
tragicómicos de la obra es el fuerte deseo de Carmen de tener un Seat 600, lo
que le hubiera permitido acceder a un estatus que, al menos, le compensaría de
alguna forma por las distracciones, afectivas y sexuales, de su marido. La
«aventura» frustrada con un amigo de la pareja, y pretendiente desdeñado por
pobretón en los años mozos, Paco, poseedor de un Tiburón Citroën y unos ojazos
de actor de cine, además de una sólida posición social, es uno de los grandes
momentos de la representación, porque en esa mezcla de respeto al marido y
necesidad de autoafirmación, también del deseo sexual, advertimos el drama de
la protagonista.
A
muchos espectadores jóvenes, desconocedores de lo que era la «vida de
provincias» de finales de los 50 y comienzos de los 60 en España les llamará la
atención el conservadurismo, incluso el clasismo y aun hasta el racismo de la protagonista, porque, en efecto, Carmen Sotillo
es la representante paradigmática de una España tradicional, conservadora, retrógrada,
que también, eso debió de pensar Delibes, tenía que ser oída, porque solo de
ese modo podía entenderse una época histórica como la del franquismo. Con todo,
en modo alguno podemos considerar a la protagonista una suerte de prototipo, sino
un personaje concreto, singular, con una historia muy particular y solo
parcialmente extrapolable.
Estamos,
pues, no se olvide, en una vieja capital de provincia castellana, lo que en
términos actuales llamaríamos, siguiendo el modelo cinematográfico usamericano,
la España profunda, aquella que fotografió Cristina García Rodero con arte
magistral. Un mundo pequeño, atravesado de aspiraciones menudas, de
apariencias, rivalidades y no pocos deseos mezquinos, pero en el que Delibes ha
tenido el arte taumatúrgico de crear un personaje redondo cuya exploración
íntima acaba dándonos, por elevación, un retrato general del clima moral de un país. Y ello, insisto, nos llega a través de
una representación con una gran economía de medios en la escenografía y una
poderosa dicción por parte de Lola Herrera que le concede a la palabra la
virtud omnipotente de crear mundos que han tenido siempre en el teatro los
actores y las actrices. Sí, en ellos el verbo se hace carne y respira y nos
llega como una bendición literal: buena dicción: solo las palabras de Carmen Sotillo
llenan la escena, y con ellas cuanto ella ha vivido y vive: el dolor, el amor,
la envidia, los celos, la desesperación, la rabia, la humillación, la tentación,
la devoción, la pasión, la crítica, el arrepentimiento…
Sí, Carmen
Sotillo vive y los espectadores hemos tenido la suerte de que Lola Herrera la
hiciera suya y nos la haya vuelto a traer. Cuando acabó la obra no se la
aplaudió, sino que se la aclamó, acaso porque ella y nosotros sabíamos que
oficiábamos una despedida, y le agradecíamos no solo su magnífica interpretación,
sino, también, que hubiera tenido el valor de desnudarse emocionalmente como
mujer ante la cámara de Josefina Molina para establecer ese paralelismo entre
el personaje y la persona que tanto ha enriquecido esta obra de Miguel Delibes
y que tanto nos ha enriquecido a quienes la hemos leído y se la hemos visto
representar, padecer y gozar.
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