domingo, 2 de febrero de 2020

El ordenador tomado...


 Historia de una invasión con licencia para desinstalar...

     
El ordenador en el que he trabajado los últimos cinco años ha muerto. Ocurrió ayer a media tarde, mientras a mí me llevaban por el ronzal a ver Mujercitas, la versión de Gerwig, a años luz de la de Cukor, y sin que hubiera podido sospechar que la pertinaz erección del panel táctil, para mí un fallo en algún dispositivo meramente mecánico, anunciaba males mayores. Toqué y retoqué el botón de encendido, pero no hubo manera de que respondiese. Gracias a mi técnico de confianza, he sabido que la muerte de mi inestimable amigo se produjo por bateriitis, esto es, una suerte de tumefacción de la batería que la hizo hincharse hasta extremos peligrosos, porque lo peor podría haber sido, y es relativamente común que ocurra, que el ordenador me hubiera explotado mientras intentaba seguir apurando sus últimos días de vida, es decir, que he de considerar que el último servicio que me ha rendido ha sido el de ahorrarme una desfiguración facial, ¡en el mejor de los casos! ¡Ni quiero pensar en consecuencias mayores para quien tiene tan ingenuas como longevas expectativas de vida, a tenor de cuanto me queda por escribir! Así las cosas, lo esencial es haber conseguido una copia de todos los archivos que se guardaban en el viejo Asus, que tan buen servicio me ha rendido, y saber que en este Acer que he heredado de mi hija puedo instalarlos para seguir trabajando como si tal cosa.

        El motivo de estas confidencias tecnológicas no es el mero cambio de ordenador, sino la insospechada situación que me ha deparado el traslado al Acer, porque, arrumbado por mi hija ante un MacBook Air de segunda mano que le consiguió su prima, me veo ahora como un "invasor" autorizado de una vida solo relativamente ajena, y en la que, desde mi entrada con los tres correos añadidos, el cambio del pin de acceso y otros menesteres, como la selección de Gorjeolandia, El País, el diccionario de la RAE y otras herramientas básicas de mi actividad diaria, mis propios blogs muy destacadamente, voy desplazando la presencia de mi hija en él.

         El escritorio, lleno de archivos suyos de la carrera de Magisterio, así como el disco duro, aún le pertenecen, porque quiere ella controlar el "vaciado" de ambos espacios, saber qué importa y que lanza a la papelera de reciclaje para vaciarla acto seguido, no sea que a mí se me pudiera ocurrir "fisgonear" donde no debo..., me imagino yo que debe de pensar ella, aunque sepa perfectamente el ultrarrespeto que le he tenido siempre a su intimidad y a la de su hermano.

          En todo caso, entrar en "Mis imágenes" de C y advertir que ninguna es propiamente tuya, que ni siquiera apareces ni por equivocación, no deja de ser curioso y te hace sentir como un "voyeur" de vidas ajenas. No hay archivo de los Documentos de C que haya abierto, pero solo el título de los mismos me habla ya de otro mundo, de una realidad absolutamente desconocida, salvo los que anuncian en el enunciado labores académicas de las que suelo estar al tanto, bien por haber echado una mano correctora, bien por saber de qué se puede hablar en ellos. La sensación, con todo, es, hasta cierto punto, desagradable; no por cometer ninguna traición a la hasta ahora dueña del aparato, sino por el propio hecho de ir desplazando tanta vida y haciendo espacio para la que lo esta ocupando desde ayer, nada más descubrir esta joya que me sirve ahora mismo como si lo hubiera acabado de adquirir en la tienda.

         Esta situación me ha recordado vagamente el cuento de Cortázar, Casa tomada, pero también, desde otro punto de vista, podría recordar a La peste, de Camus... , o La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, pero, al margen de tremendismos o misterios, lo propio es que, incluso en este momento en que escribo esta crónica de la invasión, aún andan por todos los rincones de "mi" nuevo Acer, una patulea de archivos de mi hija que no me dejan sentirme cómodamente instalado en mi nueva casa de labor, en mi nuevo atellier, que dicen los franceses. Lo que no creo que tenga es la bendita paciencia que solemos tener todos los padres del mundo, y que, ante la tranquilidad con que mi hija se tome el vaciado de la información  que le pertenece, no acabe tomando yo la decisión de metérsela toda en un lápiz de memoria y que arree con su clasificación en el manzano de su propia casa... Sí, lo han adivinado los gentiles lectores, esta incomodidad cibernética es trasunto total de la propia incomodidad vital que supone que los hijos alarguen tanto su estancia en la casa que les pertenecerá pero a la que, a cierta edad, ya solo deberían ir o de visita (corta, de preferencia...) o por necesidad imperiosa, aunque con mucho cuidado de no invadirla con costumbres ajenas ni trastos molestos ¡ni mucho menos seres inesperados!

        En esas estoy, confiado en que, a diferencia de lo que me ocurrió en el Asus, no haya de cambiar el teclado porque mi impulsividad mecanográfica borre las letras de las teclas y aun "reviente" algunas de ellas por los continuos golpeteos propios de otras útiles de escribir que ya han quedado en el olvido total, y en los que me ejercité en la mecanografía con tal habilidad que me sirvió esa destreza para aprobar la oposición a Auxiliar Administrativo de la Delgación de Hacienda, en su momento....  Hasta aquí -esta es la primera entrada que publico en mis blogs- me siento cómodo y creo que podré alargar la vida de esta hermosa criatura algunos años... Ya veremos qué barbaridades acabaré llegando a escribir en este teclado que "suena" mucho mejor que el otro, más "profesional", en la medida en que me recuerda a mi vieja Hispano-Olivetti Pluma 22 que tengo impresa en la memoria... , esta...


lunes, 27 de enero de 2020

Los Goya: una función de fin de curso a todas luces excesiva…



El simulacro de los Oscars mejora algo la presentación y los efectos especiales, pero le sigue faltando fuerza al guion…

La retransmisión televisiva de los Goya exige demasiado a unos telespectadores que no son, en su mayoría, ni siquiera “afectos” al cine español, a juzgar por la taquilla… Desde  el histórico récord de público de 1999 en La 1, con un 33,5% de share, el programa más visto ayer sábado pasó por los pelos del 26%, lo cual puede tener su explicación en el publirreportaje de La 1 antes del telediario de las 21:00 h que luego se extendió al telediario propiamente dicho: una eficacísima arma disuasoria, a juzgar por las banales entrevistas y el desfile de supuestos glamures de mercadillo con que nos obsequiaron nuestras pálidas estrellas nacionales.
Ayer todo se conjuró, Málaga incluida, para convertirse en un acto patrio de respaldo a la candidatura de la película de Almodóvar para los Oscars de verdad, cuyo «ensayo» con figurantes pudimos contemplar con algo de la vergüenza ajena con que se suelen ver los alardes de narcisismo propios de estos acontecimientos en los que tan poca cosa ocurre. Diderot fue muy explícito en La paradoja del comediante, cuando defendía que solo desde la profunda serenidad anímica del intérprete podía este representar las pasiones que habían de subyugar a los espectadores. Si atendemos a que el espectáculo de ayer lo fue propiamente, un espectáculo, se infringió esa ley no escrita y tuvimos que sufrir los pathos clásicos de este tipo de actos en los que la espontaneidad de quienes no lo son en su profesión se vuelve un hueso duro de roer. Ni siquiera la octogenaria debutante Benedicta Sánchez, que ya se marcó en otro foro una muñeira verdaderamente entrañable, supo ejecutarla de nuevo, para solaz de los espectadores.
Todos sabemos que una gala de más de tres horas es una piedra en el hígado, y que es muy difícil de concebir que haya habido -excepción hecha de amigos y familiares de los nominados, además de la gente del “mundillo”- espectadores capaces de seguirla íntegra, como, por deferencia hacia mi Conjunta, tuve yo a bien permanecer «atento» a la pantalla y, ¡por primera vez en años!, deseando que la gala fuera interrumpida más a menudo por anuncios publicitarios… El metraje excesivo es una losa tan pesada que ni el levantalosas que asistió al fiestuqui -para no entrevistarse con el Presidente legítimo de Venezuela, Guaidó-, sería capaz de levantar esta para ahorrarnos algo del tedio que inevitablemente acaba disuadiéndonos de seguir ante la pantalla e invitándonos a irnos a leer o a otros menesteres igualmente saludables que también se realizan en la cama.
Por primera vez desde que yo recuerde, que tampoco soy adicto a estas galas ajadas, los presentadores de la misma no tuvieron ese omnipresentismo que acaba haciéndose pesadísimo, como cuando las presentaron Dani Rovira o Corbacho, por ejemplo. Además, y eso ha sido la novedad más importante, ¡por fin el escenario se ha convertido en un espacio de acción cinematográfica digna de la gala a la que sirve! Aun torpona y algo chabacana, la representación de la supermujer SS tuvo algo de gracia, por los efectos especiales proyectados, del mismo modo que ciertas retrancas de Andreu Buenafuente, de tipo político, fueron más inspiradas que los habituales chafarrinones, como cuando le sugirió a Barroso que se cambiara el nombre, “Mariano”…, o como cuando pretendió no saber cómo había de dirigirse a snchz teniendo en cuenta que el "presi" esa noche  era Barroso, que Pedro era Almodóvar y que el “guapo” era Banderas… Se agradeció la ausencia de chascarrillos facilones, como el que clausuró la gala, por cierto que, supuestamente, había de tener la gracia en el culo y, en efecto, tuvo la gracia en el culo… La reincidencia con el actor Jorge Sanz fue muy buena, así como la aparición “con tartas de slapstick en la cara” de los dos peores presentadores de la gala por aclamación popular. La guinda, como en otras situaciones, la puso el verdadero triunfador del cine español en las pantallas, Santiago Segura, cuyo “producto” no concitó el más mínimo interés por parte de los académicos, acaso con razón y quien reivindicó la umbralada... (Yo he venido para hablar de mi libro, ¿cuándo se habla de mi libro?). Cabe agradecer, también, a diferencia de otras ediciones, que los premiados no usaran el micro como púlpito, salvo las excepciones de rigor. Llega uno a la conclusión de que en estos casos, el silencio, la sonrisa y una generosa palabra: «gracias», son el mejor discurso, la verdad.
Aunque les sirvió a los presentadores para un chiste, El crack cero…nominaciones, no deja de sorprenderme que una película tan excelente como esta de Garci, quien ha sacado un partido excepcional de los pocos menos de dos millones que costó la película -que ya me hubiera gustado saber a mí qué hubiera hecho Almodóvar reduciéndole los siete millones de más que costó la suya- no haya llamado la más mínima atención de los académicos. ¿Tendremos algún día las filias y fobias de los mismos, como sabemos la orientación ideología de todos los jueces…? El cine, por suerte, no depende siempre del dinero, y casos hay de películas hoy míticas que incluso se puede decir que han sido de fabricación «casera», como Eraser head, de Lynch. No puede competir Garci en taquilla con cineastas de proyección mundial como Amenábar o Almodóvar, pero sorprende que a los académicos les hayan pasado desapercibidos los valores fílmicos de esta culminación de una trilogía esencial en el cine español. Solo deseo que la taquilla le haga la justicia que le han negado los académicos. No olvidemos, con todo, y de ahí el desplante de Segura (sobre el seguro de su magnífica taquilla que le permite «ir a su bola»), que hay más odios cruzados en el «mundillo del cine» que en la propia política, que lleva la mala fama. En esta vimos a Espinosa de los Monteros, Pablo Manuel y Arrimadas riéndose unas gracias que mucho me temo que serían difíciles de ver entre Almodóvar y Amenábar, por poner un ejemplo cercano…y nominado.
Deslucido hasta casi el insulto quedó, eso sí, el homenaje a Marisol, no solo porque hubiera merecido unos minutos retrospectivos que repasaran su larga filmografía para ver a la reina del desparpajo infantil y a la magnífica actriz adulta de Los días del pasado, de Mario Camus, sino porque  ni siquiera el presidente de la academia se dignó a hacer entrega del galardón a sus hijas. ¡Que no le han perdonado el feo de no ir en persona a recogerlo, vaya, y no hay más que hablar! Y menudos somos en este país para exhibir el desprecio… Algo más de respeto hubiera merecido una auténtica “gloria” viva de nuestro cine, parte inolvidable de él para muchas generaciones aún vivas. Qu cantara su hija, con menos voz que Lee Marvin en La leyenda de la ciudad sin nombre o que lo agradeciera su digna heredera sobre las tablas, María Esteve, no paliaron esa sensación de orfandad gélida en que se convirtió esa parte del acto, más próxima a la galería de los “desaparecidos”, con la excelente actuación de Jamie Cullum, que a la fiesta grande del honor en vida.
Sobre el palmarés de premiados solo cabe repetir el tópico de siempre,  que nunca llueve a gusto de todos; pero, sin haberla visto aún -la compraré con El País en breve- , uno «intuye» que O que arde merecía bastante más, así como Las ventajas de viajar en tren o Intemperie, que promete. Las veré y lo diré, por supuesto. Todos los premiados tuvieron sus momentos de «emoción» solapados con la inverosímil solidaridad y la obligatoria admiración al resto de los nominados, lo que no ocurrió en el caso del mejor director, curiosamente; pero sobre los egos y su iglesia ya hay doctores que pontifican muy bien, como para meterme yo ahora en heterodoxias extemporáneas.
Los espectadores agradecen la sobriedad de los «premios menores», aunque, en su calidad de «industria», no hay parcela, desde el maquillaje hasta el vestuario, pasando por la música o la labor de producción que admita esa categoría de «menor», véase, por ejemplo, la impecable labor de dirección artística de una película como la de Amenábar, por ejemplo, que cae, casi, dentro del cine de época. Lo que está claro, y eso es indiscutible, es el nivel de calidad de nuestra industria fílmica. Otra cosa muy distinta es, por supuesto, que esos esfuerzos productivos acaben teniendo el favor del público, pero son muchas las películas españolas en los últimos años que tienen una calidad excepcional, y ahí están incluso los propios palmarés de los Goya que alguna vez la ha reconocido, dicha calidad. Lo propio, sin embargo, es que muchas películas ni siquiera lleguen a estrenarse, pero, para que sirva de consuelo, acérquense los «quejicas» a una realidad como la del estreno de la última película del maestro  Roy Andersson, Sobre lo infinito -que Filmin tiene la delicadeza de invitarme a verla-, y verán que en todos lados cuecen habas… ¿Es necesario recordar que un director tan polémico como visionario, Albert Serra, es algo así como un «apestado» para esa «fiesta del cine»? O sea, que, más allá de los oropeles de dos películas mediáticas, pero no poco mediocres, las que se llevaron la cesta de las nominaciones, hay una realidad fílmica viva y muy digna de que pasemos por taquilla para verla.

sábado, 11 de enero de 2020

Sorolla o la pasión por el dibujo y la familia.


Un museo "habitado" por la luz que aún gotea en los pinceles...

   Escaparse al Museo Sorolla en Madrid es algo así como la oportunidad de entrar en la intimidad de uno de los grandes pintores españoles del siglo XX, cuya obra, además, va creciendo en la estimación unánime de todo tipo de públicos. Sorolla tiene dos cualidades que a mí, en particular, me lo hacen entrañable: por un lado, la pasión irrefrenable por dibujar -de hecho, la exposición particular que ofrecía la visita era la de 500 dibujos de todo tipo y tamaño que confirmaban que él sí que era un hombre de nulla dies sine linea (título, por cierto,  que escogió Antonio Saura para su calendario de dibujos de la actualidad), porque el dicho no tiene su origen en la escritura, sino en la pintura, recogido por Plinio el Viejo, quien lo pone en boca de Apeles de Colofón-, es decir, por practicar asiduamente, sin descanso, los fundamentos de su arte -en mi caso es la escritura- y, por el otro, la pasión irrefrenable por su mujer, Clotilde, que ampliaría después a los tres hijos que tuvo con ella y que abundan en sus pinturas y en sus dibujos de tal manera que bien podría ser considerado Sorolla algo así como "el pintor de la familia", porque no pierde ocasión de fijarse en lo que ocurre a su alrededor y llevarlo al papel o al lienzo. Una tercera cualidad -la de ser trabajador- ni siquiera la consigno, porque quien vive con pasión el arte al que entrega su vida, por fuerza ha de ser pródigo en la labor.

   En el caso de Sorolla, además, que entra como ayudante de un reconocido fotógrafo valenciano, Antonio García Peris, casa en la que consolida la amistad con su futura mujer, la hija del fotógrafo/institución de Valencia, y a quien conoció porque su hermano Juan Antonio fue condiscípulo de Joaquín  en la Escuela de Bellas Artes de Valencia, en la que ambos estudiaron, esa condición de trabajador infatigable está en relación directa con el prurito de conseguir para su mujer y sus hijos un estatus económico como el que el padre de ella le había dado con su actividad fotográfica e incluso pictórica, pues hizo también, García Peris, sus pinitos pictóricos. Se le atribuyen a Sorolla más de 500 retratos, su fuente primordial de ingresos, la que le permitió ir acumulando una fortuna que no dudó ni un momento en invertir en la casa/palacete que es actualmente su Casa Museo, por cuyas salas los visitantes aún pueden percibir los ecos de la familia alegre y "movida" que la habitó.

   Ya es la tercera vez que hemos ido al Museo y en esta ocasión escogimos la modalidad de la visita guiada, lo que nos permitió conocer ago más en profundidad las diferentes etapas del autor, las diferentes luminosidades de las distintas playas donde pintó, o las circunstancias familiares de no pocos cuadros en los que la familia es protagonista absoluta. De la pasión de Sorolla por Clotilde da fe la profusión de retratos de su mujer, a quien viste de mil maneras y a quien sorprende de otras tantas, y entre ellas son de mi predilección los cuadros y dibujos en que la sorprende leyendo, lo cual me hace mucho más afín a ella, por supuesto, al compartir la pasión por la lectura, que es, realmente, un "modo de vivir". Es sabido que Sorolla la llamaba, en la intimidad, "mi feúcha", algo que, sobre ser falso, reivindica una suerte de derecho taumatúrgico del pintor: soy yo quien en mis dibujos y lienzos te va a otorgar la belleza... 

   Lo que está fuera de toda duda es la imponente cohesión  de la pareja a lo largo de toda una vida, en la que a Sorolla no le fue fácil destacar, que conste; en ningún caso se trata de un autor de éxito inicial arrollador, todo lo contrario: fue abriéndose paso poco a poco y a veces ante la incomprensión de algunos certámenes y de no pocas galerías y marchantes. Cuando le llega el éxito, sin embargo, salvo el lujo propio que puede permitirse, lo esencial de su vida sigue inalterable: dedicado en cuerpo y alma a su obra y a su familia. Gracias a Clotilde, que fue quien tomó la decisión de crear el museo y donar toda la obra de su marido al Estado español, podemos hoy, sus compatriotas, disfrutar de un museo tan excepcional. Su hijo Joaquín fue el siguiente Director y tanto él como sus hermanas donaron sus obras al Museo. Por eso hago hincapié en el carácter familiar que tiene el museo, donde parece que, como en esas visitas "representadas", vaya a aparecer el mismísimo Sorolla para "improvisar" un retrato o para acabar el que se exhibe en la sala principal a medio acabar, el de la esposa de su amigo Ramón Pérez de Ayala, que quedó incompleto porque sufrió una hemiplejía que le impidió seguir pintando, tres años antes de su muerte.

   La propina de la visita guiada -por cierto, en todas las casas museo lo primero que sacrifican para el espacio administrativo es la cocina, un lugar tan nuclear siempre en una casa, donde se negocian los altos asuntos del estómago y la salud- era la exposición de dibujos, muchos de los cuales no se habían expuesto con anterioridad. A través de esa febril actividad el visitante puede observar la maldición que han padecido todos los grandes artistas: la sed de perfección. Lo singular, en el caso de Sorolla, es no solo la dedicación al perfeccionamiento de su oficio, sino la habilidad para, con muy diversas técnicas a su alcance, desde el carboncillo hasta la acuarela pasando por el gouache, la témpera, las ceras, la tinta china o el lápiz, captar una realidad inmediata que adquiere una vida espléndida en sus bocetos, algunos muy desarrollados, casi instantáneos, como las calles de Nueva York contempladas en picado desde la habitación del hotel, por ejemplo, o las diferentes actividades familiares que tantísimo le llaman la atención y que configuran un verdadero álbum de la vida de una familia en el cambio de siglo, del XIX al XX, un auténtico documento que bien hubiera dado, sin duda, para una serie televisiva biográfica, pero se ve que aquí lo propio nuestro interesa poco, aun a pesar del exitazo que fue en su día una trilogía como Los gozos y la sombras de Torrente Ballester o Fortunata y Jacinta, de Galdós.
   Visitar el Museo Sorolla es entrar en esa familia y en la delicada naturalidad de una visión de la luz que han convertido a Sorolla, con sus famosísimos cuadros de la playa, en un pintor universal cada día que pasa más celebrado.
   La casa, por otro lado, obra del arquitecto Enrique María Repullés, con dos magníficos patios de estilo andaluz, una preferencia de Sorolla, a quien hechizaron, literalmente, la Alhambra y el Alcázar de Sevilla, permiten al visitante sentarse y disfrutar a veinte escasos metros del horrible tráfico madrileño, de una ensoñación árabe en la que el silencio se alía con el dulce murmullo del agua para su solaz, para su recreo y su honda paz interior. En el interior del palacete es otra paz, la de la intensa vida cotidiana familiar que el artista anda cazando en cada movimiento de los suyos, retratados una y otra vez de todas las formas posibles, y, presidiéndolo todo, el magnífico "retrato en gris" de Clotilde, la musa del artista y su apoyo vital desde que se conocieron. Sí, no hay que tener pudor de esas cosas: los Sorolla-García fueron una pareja enamorada que construyeron su amor a lo largo de todos y cada uno de los días de su vida que estuvieron juntos. Todo indica que se juntó el genio con la inteligencia y la belleza y formaron una sociedad perfecta. Ese es el aire que se respira en las estancias. Joaquín pinta; los niñós alborotan, se persiguen, Clotilde intenta poner orden aquí y allá, incluso en las herramiento de su marido, los pinceles, los potingues, las pinturas, mientras se entretiene con una cámara manual para arrancar otros óleos muy distintos a su vida familiar o se adentra en un libro con el que se aísla de la algarabía que la rodea. Es difícil, sí, no enamorarse de Clotilde vista con los ojos con que la mira Sorolla.

   Los artistas tienen fama de caprichosos y atrabiliarios, pero Sorolla solo parece tener un capricho: su familia, que asocia a su razón de vivir, la pintura. ¡Qué afortunado encuentro para los visitantes que ahora recorremos esas salas y atendemos a las pormenorizadas explicaciones de una guía que, como las verdaderas profesionales, te habla como si hubiera gozado siempre de la intimidad de la familia, aun hasta en los más nimios detalles! Al final del recorrido, al visitante le cuesta horrores aparecer como un "listillo" entre el grupo y confesar que sí, que estamos ante un Ribera, cuadro que Sorolla intercambió como recompensa por un retrato de encargo. Pasado el trance, se fija en los detalles del mobiliario, de las cerámicas, a las que Sorolla fue un gran aficionado, y en otros detalles aparentemente menores, como la "devoción" de Sorolla por Velázquez, una copia de cuyo retrato de Inocencio X preside el estudio principal. 
   Cuesta irse de ese mundo de blancos innúmeros, de esos cuerpos esculpidos en barro líquido, de esos animales que entran o salen del mar, caballos, bueyes, de esas telas gobernados a su antojo por los vientos, de esa luz cegadora, de la serenidad de ciertos retratos, de la paz de otros, del acogimiento íntimo de escenas "sorprendidas"... Sorolla, en definitiva,  siempre merece una nueva visita...

jueves, 12 de diciembre de 2019

Turismo de proximidad: Cardona, Solsona, Manresa…



Un breve viaje para una profunda satisfacción monumental, histórica y paisajística: tres días por la Cataluña en proceso de despoblación y llena de bellezas.

Hay un turismo de bajo espectro y altísimo provecho que es al que podríamos llamar «turismo de proximidad», es decir, descubrir esos lugares que, justo por estar tan cerca de nosotros, solemos posponer, en la lista de posibles destinos, a los últimos lugares, si es que incluso llegamos a acordarnos de ellos.
Reconozco que el afán de mi Conjunta y mío de conocer toda la red de Paradores de España puede parecer un capricho hasta cierto punto oneroso; pero no es menos cierto que, siendo amigos de su red y aprovechando las frecuentes oportunidades que la red suele ofrecer para convencer a los turistas de que un Parador es un lujo a su alcance, vamos poco a poco sumándolos a nuestra lista para regocijo nuestro y provecho de nuestra afición a conocer España, sin duda uno de los mejores destinos turísticos del mundo.
Cardona, ha sido el destino escogido y ello nos ha permitido, no solo un hospedaje señorial, en el antiguo castillo de los duques de Cardona, enriquecidos por la explotación de su famosa, ¡y al parecer única en el mundo!, majestuosa montaña de sal,  un diapiro -no acabé de aclararme con si sinclinal o anticlinal- excepcional, sino también conocer dicha montaña y la explotación que ha sufrido desde el neolítico hasta casi nuestros días.

La visita a la explotación minera de la montaña la hicimos solos con la guía y nos permitió hacer fotografía  a nuestro antojo, como las que aparecen en este texto intercaladas, además de tratarnos con una amabilidad que rayaba en la obsequiosidad, y que nos permitió sentirnos no como turistas sino como «invitados», lo que acrecienta el disfrute de la visita, por supuesto. Está fuera de toda duda su profesionalidad como experta guía de un fenómeno natural que impresiona a quien estos fenómenos de la naturaleza sea capa de impresionar. El descenso con el minibús hasta la entrada de la mina nos recordó el recorrido del autobús por Doñana, y el recorrido de las galerías que visitamos fue una experiencia extraordinaria.
De alguna manera, estábamos conociendo las dos perspectivas de Cardona: el castillo de la aristocracia en lo alto y, en lo bajo,  la mina donde trabajaban, explotados, primero los siervos de la gleba y, siglos después, cuando la adquirió Explosivos Río Tinto, muchos mineros venidos de Andalucía y Murcia, fundamentalmente.
A la vista de la montaña lateral de ganga que se alza en un lateral de la montaña, creando otra nueva, artificial, con los desechos de la explotación, nos acordamos, por mera asociación, de la playa contaminada en Portmán, llena de metales pesados abocados al mar por las explotaciones mineras de La Unión, muy cerca, curiosamente, del maltratado Mar Menor, ¡el paraíso de mi infancia!, hoy una charca sin oxígeno y casi sin futuro, por los venenos que de las explotaciones agrarias acaban en él.

Fue muy interesante discriminar mediante el paladar las diferenciar entre el cloruro de sodio y las sales de magnesio y de potasio en el interior de la mina, en su «capilla sixtina», que estas cuevas, como cualquiera que se precie, también tiene. La investigación de las cuevas tiene algo de la exploración de un útero simbólico en el que buscamos reproducir la placenta donde se inició la aventura de la humanidad sobre la Tierra.
Sea como sea, lo cierto es que mi Conjunta y yo somos muy “de cuevas” en nuestros viajes, aunque estén tan «urbanizadas» como las de Mallorca.
El castillo/Parador alberga en su recinto la Colegiata de San Vicente, donde el guía nos recordó, para nuestra sorpresa, porque no había cartel ninguno que nos lo recordara, que en ella había rodado Orson Welles, Campanadas a media noche, en la que la Colegiata hacía las veces de la Abadía de Westminster. Tampoco, claro está, había placa ninguna donde se hospedaron Welles y la comitiva de actores del film.
¡Pero aún no han descubierto tantos y tantos escenarios el reclamo turístico que supone la Historia del Cine para muchos aficionados como mi Conjunto y yo! ¡Mucho antes hubiéramos ido al Parador de Cardona si hubiéramos sabido que la Colegiata fue escenario de la película de Welles! En ella hay una inscripción mortuoria que, historiográficamente, deja las cosas bien claras, para los quiméricos deturpadores de la historia del principado.
El pueblo de Cardona tiene una iglesia bien curiosa y atractiva y una plaza mayor que más parece paseo que plaza, llena, como el Ayuntamiento, de recordatorios incívicos de los golpistas que están en prisión. Para los turistas de mirada atenta y cámara en ristre, son muchos los atractivos que salen al paso del paseo por sus calles.
De hecho, hay una bajada directa del castillo hasta casi la plaza mayor muy agradable y que hicimos de noche profunda, con la linterna del móvil para los tramos más oscuros. La  amabilidad de las gentes con quienes tuvimos la oportunidad de hablar, en castellano, por cierto, fue como debe de ser y como ha sido siempre en todos y cada uno de los pueblos de Cataluña donde uno no tropiece, claro está, con los supremacistas y xenófobos que pueden amargarle el día a cualquiera, por descontado. N tuvimos esa desgracia.

Solsona tiene un casco antiguo delimitado por el perímetro amurallado del que aún quedan notables restos y que permiten un recorrido perimetral de la ciudad con cierto encanto.
El día en que llegamos estaban procediendo, muy laboriosamente, a «plantar» el abeto de navidad en una plazuela preciosa. Tiene un precioso paseo arbolado extramuros y comimos, de fábula, en un hotel modernista donde fuimos atendidos como en un restaurante de lujo.
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La catedral, sucinta, pero notable, nos permitió calibrar el poderoso influjo que tiene un obispado en una ciudad y el eco terrible, en forma de pederastia, que se asoma a los mass media y que la ciudad, hermosa y acogedora, con una biblioteca moderna deslumbrante, no debería merecer.

En Información nos sobrecogen con una información terrible: todo el Solsonès tiene solo 15.000 habitantes, 9.000 de los cuales habitan en la capital de la comarca.

Atravesamos pueblos, camino de Sant Llorenç de Morunys, pues, sin apenas almas vivientes en ellos. Pero antes de ello fuimos a visitar el cementerio romántico de Olius, excavado en la roca e integrado totalmente en el paisaje natural del lugar, obra de Bernardí Martorell i Puig en 1916, una visita absolutamente recomendable, así como la iglesia que tiene al lado.
Seguimos el sinuoso camino que bordea el pantano de La Llosa del Cavall y, pasado Sant Llorenç, tras perdernos cuatro veces, logramos llegar al pie del santuario de Lord, desde donde iniciamos el Vía Crucis, por una pared vertical que nos lleva a la cima en veinte minutos de subida desoxigenante que nos hace perderle el respeto al frío que acompaña la caída de la tarde.
 Desde la cima, el Valle de Lord se extiende, con toda su belleza arisca, y el pantano muy al fondo, ante nuestros ojos deslumbrados. Mereció la pena la excusión por territorios prepirenaicos. A la derecha se intuye Berga  el massís de Queralt. A la izquierda, Port del Comte. Volvemos, satisfechos, a nuestro albergue, donde nos afanamos en la lectura y el estudio con idéntico provecho que en nuestra propia casa. Me digo que tendría que pedirles a los de recepción que me vendieran un libro de los que Paradores pone a disposición de sus clientes en las habitaciones: un hermoso volumen con ilustraciones de los textos manuscritos de Walter Benjamin que, imagino, a nadie llamará la atención…, pero me disuaden… No niego que incluso se me pasa por la cabeza la posibilidad de la sustracción,  en aras de la suprema causa de la cultura, pero me disuado…

La visita a Manresa, donde comimos, camino ya de vuelta, fue bastante más interesante de lo que nos podíamos imaginar. La soberbia catedral, obra del mismo arquitecto que proyectó la de Santa María del Mar, nos complugo e incluso descubrimos no pocos detalles tan espectaculares como el grupo escultórico fúnebre de Francesc Mulet, obra de Josep Sunyer. El actual es una réplica exacta del original, en mármol, destruido en un incendio en 2012, provocado por los casi 4000 cirios que ardían a su lado. Nos llamó la atención, junto a la plaza donde está el Ayuntamiento, la visita a una calle medieval. Entramos y la visita resultó serlo a la historia urbanística de la ciudad, que culminaba con el recorrido de una calle medieval conservada en su estado original. La amable cicerone nos entretuvo y nos ilustró, y descubrimos, con ella, que Manresa es la única ciudad en la que siempre se «bajan» las escaleras que comunican sus diferentes niveles de urbanización, porque es una ciudad únicamente con Baixades en el nombre e esas calles que no parece que suban nunca. A la hora de comer, el centro comercial queda vacío de golpe y con oca oferta, por lo que callejeamos hasta descubrir un paseo que nos llevó por la reducida parte «modernista» de la ciudad, aunque un de sus obras, el antiguo Casino, hoy biblioteca es lo suficientemente monumental como para satisfacer el paladar arquitectónico más exigente.
Un día antes, ya no recuerdo a cuento de qué, había yo comentado que hacía siglos que no comíamos una crêpe, algo que, en nuestro viaje a la Bretaña francesa, hicimos casi cada día del viaje. Pues a la entrada del paseo descubrimos un restaurante bretón donde nos sumergimos en una atmósfera totalmente bretona y donde me di el gustazo e dos crêpes, la versión salada y la dulce para el postre. La sopa de cebolla no era muy buena, pero  las crêpes… ¡Por todo lo alto! Nos despedimos de Manresa dejando para otra ocasión la visita a la Cueva de San Ignacio de Loyola, quien tuvo una muy intensa relación con Manresa, algo que figura en su autobiografía y que ha ayudado lo suyo a la promoción turística de la ciudad. Que conste que la visita a la calle medieval la hicimos con una pareja que visita la ciudad cada año, desde hacía no menos de quince…

Lo que me extraña es que no guarden memoria turística de que fue escenario del rodaje de una de las obras cumbres del cine español: Plácido, de Berlanga, allí rodada, cuando en muchos otros sitios explotan esa memoria cultural del cine como un aliciente más para el turismo, como ocurre con la localidad donde se rodó Amanece que no es poco, de Cuerda: Liétor, entre otros, muy próxima a la albaceteñomurciana Hellín.
Qué comodidad, finalmente, la de volver “de viaje” en apenas una hora…
Ya en ella, a la vista de las fotografías pasadas al ordenador y de su contemplación en una pantalla grande, no en el visor de la cámara, se pregunta quien esto escribe si hay viajes cuya crónica no podría reducirse, en realidad, a una sucesión de fotografías con indicaciones referenciales al pie de foto… Algo así se me ocurrió para una suerte de ensayo autobiográfico que aún no he intentado, por supuesto… ¡Ay, pudor, cuántas equivocaciones se cometen en tu nombre!

sábado, 2 de noviembre de 2019

«Cinco horas con Mario», de Miguel Delibes o érase una actriz, Lola Herrera, a una obra pegada.



Lola Herrera/Carmen Sotillo o cuando  la ficción y la realidad desdibujan sus perfiles y el arte teatral sale ganando.

Ha pasado por esta Barcelona de la insurrección supremacista del nacionalismo xenófobo catalanista una actriz como la copa de un pino interpretando una obra/documento sociológico en cuyas representaciones ha estado atareada durante cuarenta años, porque, tratándose de una adaptación al teatro hecha por el autor, Miguel Delibes, de su novela Cinco horas con Mario, este ya dijo que la única Carmen Sotillo posible y deseable era Lola Herrera, con quien esta se ha identificado de tal manera que bien puede decirse que ambos nombres irán siempre unidos en la memoria de los espectadores.
 No solo la de los de la obra de teatro, que ahora ha vuelto a Barcelona después de muchos años, sino también de la de los de la película, Función de noche, de Josefina Molina, cuya idea surgió tras observar la directora cómo la actriz, en una de sus representaciones aquí en Barcelona, cayó desmayada al suelo, presa de la fortísima crisis de identidad que estaba sufriendo merced a la interpretación de una vida que tantas concomitancias tenía con la suya propia.
A partir de ese incidente, se le ofreció a la actriz la posibilidad de realizar una película singularísima en nuestro panorama cinematográfico porque es una terapia matrimonial crudísima y sin tapujos  ni maquillajes entre ella y su marido, Daniel Dicenta. De forma paralela a lo que ocurre con el «desnudamiento» psicosociológico de la protagonista de la obra Carmen Sotillo, quien se revela tal y como es, incluso para su propio horror y no poca vergüenza, por el hecho, para ella inimaginable en otras circunstancias, de expresar intimidades cuya simple elocución la turban profundamente, Dicenta y Herrera tienen, ante las cámaras, una larga conversación en la que, desde la serenidad de los rencores sofocados, van analizando lo que una época muy oscura de la historia de España, la dictadura de Franco, hizo con ellos: una obra de deformación que les provocó no pocos sinsabores, amarguras e incluso una dolorosa separación; aunque lo peor de todo fue la sensación de haber sido expoliados de su verdadero yo, de ignorar cuáles eran, frente a las castradoras exigencias morales de su tiempo, sus auténticas necesidades y sus verdaderos deseos e inclinaciones.
El dolor de enfrentarte a ti mismo desde el despojamiento, de una fachada de ficción que, impuesta por los convencionalismos y las tradiciones exteriores, uno siempre ha confundido consigo mismo, es el verdadero dolor que expresa la protagonista de Cinco horas con Mario, y halla, para que los espectadores lo perciban nítidamente,  en Lola Herrera los únicos acentos, inflexiones, crispaciones, guiños, complicidades y dolores incomparables.
Aunque la actriz dobla actualmente la edad de la protagonista, su presencia en el escenario -el micro, finalmente, se ha convertido en una distorsión que no nos queda más remedio que aceptar, aunque no puede compararse con la magia de la voz natural dominada por un largo ejercicio de la profesión- crea perfectamente la ficción de la mujer joven que asiste a la súbita muerte de su marido,  quien poco menos que le reprocha que la deje en la estacada, con los hijos aún pequeños y sin haber accedido a una estabilidad económica y a un estatus social como el que ella -a la que nunca le faltaron pretendientes-  «merecía» y que él, un catedrático de izquierdas, opositor al Régimen, desdeñaba.
En una representación sin interrupciones, con un ágil ritmo narrativo, el propio de la novela adaptada, Lola Herrera nos ofrece lo que podríamos considerar una suerte de antiepicedio, porque la retahíla de reproches al marido no va a cesar ni un momento. Carmen ajusta cuentas, y entre ellas la primera es la de no haberse sentido «deseada» ni bien tratada, porque en la vida de su marido la carrera, la vocación literaria combativa y la política ocupaban un puesto preeminente que ya le hubiera gustado a ella tener.
La evocación de la admiración de los posibles «rivales» a los que su marido no temía, suma una perspectiva cómica al desarrollo del monólogo y le permite a la actriz un lucimiento merecido, porque la naturalidad de todo el monólogo, en el que hay ciertos motivos recurrentes con los que se busca la complicidad del espectador, como la admiración por los senos turgentes de ella bajo la rebeca de punto cuando pasa por delante del tendero que hubiera sido para ella un partido a la altura de su belleza y de sus aspiraciones, es una de las características básicas de la obra. La rica lengua coloquial de Valladolid es una constante en la obra y un dificultad añadida para los espectadores jóvenes, ¡y más en la CAT sumergida en la demencia educativa del monolingüismo catalán que margina el bilingüismo propio de nuestra sociedad!
Otra de las aspiraciones de la protagonista que da pie a uno de los momentos tragicómicos de la obra es el fuerte deseo de Carmen de tener un Seat 600, lo que le hubiera permitido acceder a un estatus que, al menos, le compensaría de alguna forma por las distracciones, afectivas y sexuales, de su marido. La «aventura» frustrada con un amigo de la pareja, y pretendiente desdeñado por pobretón en los años mozos, Paco, poseedor de un Tiburón Citroën y unos ojazos de actor de cine, además de una sólida posición social, es uno de los grandes momentos de la representación, porque en esa mezcla de respeto al marido y necesidad de autoafirmación, también del deseo sexual, advertimos el drama de la protagonista.
A muchos espectadores jóvenes, desconocedores de lo que era la «vida de provincias» de finales de los 50 y comienzos de los 60 en España les llamará la atención el conservadurismo, incluso el clasismo y aun hasta el racismo de la  protagonista, porque, en efecto, Carmen Sotillo es la representante paradigmática de una España tradicional, conservadora, retrógrada, que también, eso debió de pensar Delibes, tenía que ser oída, porque solo de ese modo podía entenderse una época histórica como la del franquismo. Con todo, en modo alguno podemos considerar a la protagonista una suerte de prototipo, sino un personaje concreto, singular, con una historia muy particular y solo parcialmente extrapolable.
Estamos, pues, no se olvide, en una vieja capital de provincia castellana, lo que en términos actuales llamaríamos, siguiendo el modelo cinematográfico usamericano, la España profunda, aquella que fotografió Cristina García Rodero con arte magistral. Un mundo pequeño, atravesado de aspiraciones menudas, de apariencias, rivalidades y no pocos deseos mezquinos, pero en el que Delibes ha tenido el arte taumatúrgico de crear un personaje redondo cuya exploración íntima acaba dándonos, por elevación, un retrato general del clima moral de un  país. Y ello, insisto, nos llega a través de una representación con una gran economía de medios en la escenografía y una poderosa dicción por parte de Lola Herrera que le concede a la palabra la virtud omnipotente de crear mundos que han tenido siempre en el teatro los actores y las actrices. Sí, en ellos el verbo se hace carne y respira y nos llega como una bendición literal: buena dicción: solo las palabras de Carmen Sotillo llenan la escena, y con ellas cuanto ella ha vivido y vive: el dolor, el amor, la envidia, los celos, la desesperación, la rabia, la humillación, la tentación, la devoción, la pasión, la crítica, el arrepentimiento…
Sí, Carmen Sotillo vive y los espectadores hemos tenido la suerte de que Lola Herrera la hiciera suya y nos la haya vuelto a traer. Cuando acabó la obra no se la aplaudió, sino que se la aclamó, acaso porque ella y nosotros sabíamos que oficiábamos una despedida, y le agradecíamos no solo su magnífica interpretación, sino, también, que hubiera tenido el valor de desnudarse emocionalmente como mujer ante la cámara de Josefina Molina para establecer ese paralelismo entre el personaje y la persona que tanto ha enriquecido esta obra de Miguel Delibes y que tanto nos ha enriquecido a quienes la hemos leído y se la hemos visto representar, padecer y gozar.


martes, 22 de octubre de 2019

Crónicas de Robinson desde Laputa... IV


Donde solo hubo ilusiones antaño, ya no hay votantes hogaño...

Me dije a mí mismo, en uno de esos soliloquios incansables a los que me aficioné en la soledad de mi isla, que hablaría del fatigoso sistema de escaleras, interiores y exteriores que suplen, de algún modo, aquí, lo que en otros mundos son calles planas que permiten pasear sin un doloroso agravio a las rodillas y un sincopado ritmo de la respiración. Estoy tan fatigado, sin embargo, que habré de reservar la digresión para otro momento, porque, ¡aunque parezca inconcebible!, en Torilandia vuelven a ir a las urnas tras haber consumido muchos meses el ganador de las anteriores, en su calurosa primavera, su agobiante verano y su tibio otoño, sin mover ni un dedo para conseguir llegar a un acuerdo con las innumerables fuerzas que han obtenido representación parlamentaria.  ¡Y ello aun disponiendo de un socio preferente!, que ya se ha visto que no "preferido", a juzgar por el resultado final: una pelea parlamentaria en la que se cruzaron humillantes acusaciones de mentir, ningunear, sabotear, etc., esto es, lo que los pocos espectadores que siguen esas aburridas sesiones, diseñadas, parece, para hacerle perder al ciudadano la estimación por la oratoria y el razonamiento, a juzgar por la escasísima destreza en el uso del idioma común que exhiben todos los representantes políticos sin excepción, han entendido perfectamente como una decisión fríamente calculada para ir a una inexistente -en su sistema democrático- "segunda vuelta" electoral en la que acercarse o a la mayoría absoluta o a un resultado apabullante que rinda a los contrarios en su esfuerzo por "condicionar" la confección del futuro gobierno.
 La gama que va de la vergüenza al ridículo y lo impresentable es, sin embargo, muy variada, y podrían clasificarse todos esos representantes políticos en algún que otro lugar por debajo del listón que mide la aptitud mínima para esos menesteres. No tuve yo ni oportunidad ni deseo de seguir esa vida política en la Inglaterra donde nací, de genio tan vivo para estas cosas, tan apasionada, ¡quizás más que para el propio desempeño amoroso!, aunque desde mi privilegiado observatorio he tenido a bien, tanto tiempo después, de observar unas sesiones disparatadas que han llevado incluso a la caída de la PM y a la elección de un payaso insufrible de Oxford como su sucesor, ya veremos hasta cuándo. 
Se me han unido algunos observadores laputanos que, aficionados a la política, ¡muchísimo más que yo, que no soy sino un auténtico diletante, en este campo de verdaderos amateurs!, suelen enseñarme a mirar debidamente las intrincadas vueltas y revueltas de las estrategias políticas que suponen el todo de ese arte, bastante más que las declaraciones programáticas o los estatutos de cada partido en cuestión. La política, por decirlo abruptamente, no tiene principios, es decir, orígenes... Es la realidad más "palpitante", diríamos en lenguaje de cazador que sofoca el pálpito de su propio corazón, cuando emboscado para cazar una alimaña, y, por ende, sin pasado, que podamos concebir. El inimitable arte de la improvisación. Si añadimos que cualquier mínimo o gran suceso exige de esos protagonistas de muy distinta calaña una apostilla inmediata, descubrimos que ni siquiera el futuro, salvo que se difiera la respuesta ad las famosas calendas graecas, forma parte de ese modo de vivir peligroso, banal y, cuando se detenta u ostenta el poder, tan satisfactorio.
Muy pero que muy erosionadas andan las maneras corteses como deberían tratarse los adversarios en ese hemiciclo donde la realidad se desfigura en cada sesión hasta salir en andrajos la pobre a la calle, desfigurada, irreconocible, lastimosa, y aun hasta herida de muerte, presta a desaparecer camuflada tras un simulacro que todos aceptan como válido, a fuer de posibilistas y porque, de otro modo, no saldrían de ese edificio, como no salían de su encierro los personajes de El ángel exterminador. En Laputa, permítaseme esta digresión, no es el menor de los inventos avanzados a su tiempo el del cinematógrafo, que fue redescubierto bastantes años después en París. La perfección del mismo me permite, ahora, andado el tiempo, reproducir películas que han reunido, en esta isla maravillosa, acaso la más interesante filmoteca que nadie haya podido imaginar. En el resto de Lagado no comparten esta afición, pero aquí los cinéfilos abundan tanto como los politólogos. ¡Menuda sorpresa la mía, el día en que conocí el invento! Hasta me ataron  a la silla, por sorpresa, para evitar que saliera corriendo, horrorizado, ante la violenta impresión que le iba a deparar a mis sentidos la artística experiencia. Aguanté con los clásicos nervios de acero con los que la resolución de los problemas de la supervivencia en mi isla me habían caracterizado, pero no niego que el séptimo arte me pareció obra más divina que diabólica, y que la biblia de sus obras cimeras dejaba chica la de la religión que tanto consuelo me deparó en su momento y tanto me consoló y sirvió de refugio cuando estaba abandonado de la civilización.
Andan los criterios sobre la naturaleza de lo sucedido -que el pisaverde y currutaco Pedro Sánchez haya sido incapaz de formar gobierno- tan divididos que, como ya he avanzado, no no ponemos de acuerdo aquí sobre si, en el fondo, desde la misma noche poselectoral del 28 de abril, y dada la cortedad de su victoria, determinó ir a la repetición de elecciones, atendiendo a la parvedad de su cosecha de votos después de haberse mantenido un año de orientación electoral en el gobierno en el que dijo que solo permanecería "lo justo" para convocar enseguida nuevas elecciones. En cualquier caso, entre su inoperancia altiva y el férreo placaje de sus aliados y adversarios, todo acabará resolviéndose de aquí a pocas semanas.
Pero como la realidad no se puede estar quieta, como el diablo, que hasta con el rabo añasca, se ha interpuesto entre las urnas y el doctor Sánchez una suerte de terremoto político que hace imposible averiguar cuál puede ser el resultado de esa convocatoria: la sentencia a los toparcas de Cataluña, una hermosa región de Torilandia, por haber intentado dar un golpe contra el Estado mediante la abolición en su variado y plural territorio de la vigencia de la Constitución para instaurar una república de marcado carácter autoritario, identitario y ultraconservador va a tener una irrefragable importancia en el destino final de la convocatoria. Las penas de cárcel para los instigadores de la rebelión, considerada sedición de forma muy lenitiva por el tribunal, son, con todo, lo suficientemente importantes como para que la reacción de los secuaces de esos toparcas haya desbordado el orden normal de la vida cotidiana y se hayan producido algaradas y enfrentamientos tan violentos contra la policía como no se recordaban desde hacía más de cien años, en su famosa Semana Trágica, una repetición que, a pesar de su dureza, ha calcado la profecía de Marx vertida en su 18 Brumario: se ha repetido como farsa, a pesar, insisto, de lo "aparatoso" de la situación, porque mientras la Trágica fue un movimiento de legítima protesta contra los privilegios de los ricos; la republicana de hora es un movimiento de los ricos para deshacerse de sus responsabilidades solidarias con el resto de los ciudadanos de Torilandia. La hermosa ciudad de Barcelona, de la que alguno de los españoles cautivos a los que yo liberé en mi isla me había hablado, llenándosele la boca de tanta admiración como añoranza, ha sufrido los embates de esas hordas aniñadas pero salvajes, y no está claro que tanto las protestas como los daños obren en pro de la reelección del presidente de gobierno en funciones, quien, además, se ha permitido meter en el juego electoral la situación, con los resultados siempre negativos que tienen tales aprovechamientos de las desgracias.
Intentar saber qué ocurrirá en el futuro ha sido, siempre, una aspiración no solo de los gobernantes, sino de cualquier mortal, que pudiera avanzarse a los planes de la Providencia para sacar buena tajada de tan provechosa información. La forma más ridícula que han encontrado por esos predios peninsulares es la de la encuestas, una apuesta sin más valor ni científico ni supersticioso que la propia de los arúspices que sopesaban en las entrañas de los animales ofrecidos en sacrificio el umbrío mundo de lo por venir. El presidente en funciones tiene incluso un encuestador privilegiado, pagado por el Estado, para que le oriente en el difícil arte de avanzarse al tiempo que tendrá en la navegación, y que, como buen lacayo, suele ser más adulador que hábil escrutador. Con todo, ni esas malas artes adivinatorias les van a servir de nada en esta ocasión, a los políticos que vuelven a dirimir sus diferencias y sus acuerdos -porque entre ellos hasta los acuerdos los separan...- el próximo 10 de noviembre. Está por ver, sin embargo, cuántos de los maltratados votantes a los que tanto se recurre para que ejerzan de árbitros de tan pueriles disputas acudirán a depositar su voto en esas urnas. En efecto: Donde solo hubo ilusiones antaño, ya no hay votantes hogaño...
Tiempo al tiempo y voto a voto...

sábado, 28 de septiembre de 2019

«La tienda de los horrores», dirigida por Àngel LLàcer y Manu Guix, actualmente en el Teatro Coliseum.



Un excelente versión del famoso musical de Menken y Ashman que Frank Oz llevó al cine con inolvidable éxito: una obra políticamente incorrecta y llena de buen humor.

Título: La tienda de los horrores
Música y libreto: Alan Menken y Howard Ashman (sobre el  guion original de Charles Griffith para la película de Roger Corman).
Dirección: Àngel Llàcer i Manu Guix
Escenografía: Escenografía:Enric Planas y Carles Piera
Músicos: Manu Guix y The Veterans.
Actores: Manu Guix, Marc Pociello, Diana Roig, Ferran Rañé, The Sey Sisters, José Corbacho, Victor Gómez, Sylvia Parejo, Bernat Cot, Natán Segado y Raquel Jezequel.


La película de Roger Corman, La tienda de los horrores (1960), con una de las primeras apariciones en pantalla de Jack Nicholson, a título anecdótico, era una obra corrosiva que luego fue llevada, como espectáculo musical a los teatros, de donde volvería después al cine bajo la dirección de Frank Oz y un espléndido reparto, desde el fantástico dentista que compuso Steve Martin hasta el inolvidable Rick Moranis, pasando por  Ellen Greene y Vincent Gardenia, en los papeles estelares. El espectáculo teatral montado por Llàcer y Guix sigue fielmente el modelo de la película de Oz, sobre todo en la definición del protagonista, Seymour, casi una réplica exacta de Moranis, no así Audrey I, que se aparta mucho del original de la película, y en la disposición musical, que sigue al pie de la letra el musical original.
Lo primero que se ha de decir, porque estamos hablando de un musical es que la música en directo que se ejecuta, nada de fakes teatrales como la música pregrabada, enlatada, suena arrolladora, con una calidad de ejecución y de sonido literalmente perfecta. Si al buen hacer del quinteto musical, The Veterans (Oriol Cusó, Jaume Peña, Jordi Franco i Toni Pagès), se le suma la prodigiosa interpretación de la voz de la planta que hace Manu Guix, teclista junto a la banda y director musical del show, tendremos una idea perfeta de la calidad de lo más importante en un musical: las canciones y sus intérpretes. Las componentes del trío The Sey Sisters, que actúan en la trama como el coro de las tragedias griegas, al igual que en el musical original, tienen una presencia vocal contundente, en una línea de soul rítmico al estilo de Arthur Conley y otros, como Sam&Dave, todos ellos cantantes legendarios del soul de la Tamla-Motown. Los dos protagonistas, Marc Pociello y Diana Roig tienen una dicción muy buena que permite al publico entender con claridad las letras; son dos baladistas típicos pero cantan con gusto y sentimiento, siempre muy puestos en sus papeles algo tópicos como corresponde a la sencillez de la historia, por más que estemos hablando de una trama en la que no escasean los asesinatos-alguno de ellos hasta casi justificado…- y otras iniquidades menores, como la explotación del dueño de la floristería, encarnado por Ferran Rañé, quien, como lo hará Corbacho más tarde, en su encarnación del dentista, añaden a la función un tono «arrevistado» muy gracioso y convincente, que sabe arrancar las risas del público. Ellos dos son el contraste tradicional con el resto de los intérpretes, pues son los únicos que no cantan profesionalmente, aunque ha de decirse, en honor a la verdad, que sacan adelante sus temas mucho más que dignamente.
 Corbacho, que hace su aparición por el patio de butacas, tiene un gracioso intercambio de preguntas y respuestas con el público, pura improvisación, que resuelve con gracia y agudeza. El día en que mi Conjunta y yo fuimos a ver la función, asistía también Berto Romero con sus hijos, creí distinguir. ¡Qué pena que Corbacho no se fijara en él! ¡Menudo intercambio de réplicas ingeniosas que nos hubieran deparado!
Enamorado como lo soy del cine musical, de todo él, sin distinción, desde Cantando bajo la lluvia hasta El último cuplé, pasando por Los paraguas de Cherburgo y cientos de otras más, he de reconocer que en modo alguno me esperaba -sobre todo porque las canciones se habían traducido al castellano- que la obra tuviera la calidad que tiene y, sobre todo, que el espectáculo teatral funcionase con el rigor planificado que no deja ni un segundo muerto a lo largo de la hora y media ininterrumpida -¡que vuela como si solo hubiese pasado un cuarto!-, un prodigio de timing llevado a lo que imagino que habrán sido unos ensayos exhaustivos para encajar todas las piezas del rompecabezas que es el movimiento escénico, las canciones y el desarrollo de la trama. Es decir, que se adivina en todo momento la mano férrea de un director que lo ha cuadrado todo a la centésima de segundo para que el espectáculo fluya como fluye, como un torrente de sonido y acción conjuntados a la perfección.
Todo el mundo conoce la historia, porque la película de Oz fue muy famosa, aunque mucho menos la de Roger Corman, de ahí que la máxima expectación gire en torno a si en el teatro se consigue una  «animación» de la planta siquiera en parte equivalente al prodigio de los efectos especiales del cine. Y ahí, pierdan cuidado los futuros espectadores, la planta funciona muy bien, y su animador vocal, Manu Guix, es una de las estrellas del show, porque ha sabido encontrar la pluralidad de registros que exige la planta: desde el cinismo, hasta la seducción, desde el cabreo monumental hasta la ternura, desde el eructo hasta la risa histriónica y, por supuesto, una impresionante «voz negra» para su soul espectacular…
La obra se representa en el Teatro Coliseum y actúan prácticamente a teatro lleno cada día, ¡y dos sesiones, los viernes y sábados!, algo que yo ya creí desterrado de los teatros comerciales. ¡Anda y que no lucharon los actores contra la fatídica «doble sesión»! Y esta obra, además, que exige un desgaste físico inmenso, dado el ritmo casi vertiginoso que sigue el show desde que comienza. Las coreografías no son el fuerte del espectáculo, porque la base del musical son las canciones, pero todas ellas, breves y no muy complicadas, están resueltas con brillante por el elenco de cantantes e incluso por los dos actores teatrales, Ferran Rañé y José Corbacho, que le dan a la obra un empaque de calidad indiscutible, al asumir, no solo el canto, sino el baile, con una profesionalidad encomiable y un gran resultado. No olvidemos que Corbacho procede de La Cubana y que Rañé es un actor todoterreno de prodigiosa versatilidad.
En definitiva, si los espectadores quieren pasar un rato entretenido, lo que antiguamente llamábamos «teatro de evasión», no tiene más que presentarse en la taquilla del Coliseum, porque por el precio de la entrada le garantizan una diversión constante durante una hora y media vertiginosa. ¡No se la pierdan!