martes, 24 de octubre de 2023

Crónicas de Robinson desde Torilandia (III)

 


Entre urnas o delincuencia…

 

          Ninguna reflexión sobre el tiempo, tan perfectamente clasificado allá en mi isla, me parece más adecuada que la suscitada por los acontecimientos que se suceden en esta extendida piel de toro bravo. ¡En mala hora mi anfitrión perverso y en prosa me sacó de Laputa y me trajo a esta Torilandia acelerada don no se vive, sino que se exhala, a juzgar por el vértigo con que se sucede todo, y de cualquier naturaleza! No me extraña que los antiguos medios de información se hayan reconvertido en medios de agitación y propaganda, porque los hechos se suceden unos a otros a tal velocidad que su mera enunciación es perderlo. Sí, está claro que abandonada aquel celo por conocer las circunstancias totales de cualquier hecho, de modo que asumiera su nombre total, en vez de convertirse en algo así como «dicen que…», «al parecer…», «se tiene por cierto…», «todas las fuentes indican…», nada de cuanto ocurre tiene ya el sello de la verdad objetiva que antes se alcanzaba con tan poco esfuerzo. Hoy, hasta un bombardeo de un hospital en Gaza, con 400 o 500 muertos es pieza de discusión durante semanas, incluso aunque se haya «probado» la intoxicación factual de que los grandes medios de información han sido cómplices irresponsables.

          Me cuesta revelarlo, porque diríase que un personaje literario como yo, que se ha visto en situaciones tan rocambolescas, no «casa» con este aserto: soy frecuentador de X, pero así es, aunque en un móvil prácticamente regalado, de segunda mano. En Madrir, actualmente, no te puedes mover sin llevar un chisme de estos en la mano, aunque me haya llevado mis buenos meses hacerme con los conocimientos imprescindibles para hacer las tareas más elementales. Mi anfitrión ya ha contactado conmigo y hemos mantenido alguna que otra jugosa charla sobre esas reflexiones temporales inexistentes y, sobre todo, acerca de la angustia que implica estar pendiente mañana tarde y noche de este aparatejo infernal que consume energías, batería y, guste o no, ¡que no!, las mil toneladas de paciencia con que yo salí de mi bendita isla, a la que ignoro si regresaré, porque naufragar no es lo mismo que buscar un naufragio…; del mismo modo que vivir no es buscar el suicidio, por más que se le asemeje.

          Me declaro derrotado ante la realidad. Mi indomable espíritu práctico que no ve objeto inútil ni maña que no pueda gobernarlo claudica ante la irrealidad política de esta Torilandia que más que cualquier otra nación de la vieja Europa requiere de un  meticuloso estudio para tratar de separar el grano de la paja, ¡si ello es factible! ¡Menuda algarabía en esta antigua tierra de árabes! ¡Menudo zoco de mercancías robadas! ¡Qué falta haría en este Templo de Mammón los buenos azotes de un Cristo indignado ante la profanación constante de las instituciones, los hábitos democráticos y, last, but not least, el atropello a la lengua común, más allá de particularidades regionales que, como mucho, solo lo complican todo aún más! ¡Si esta gente no se entiende en una, por universal que sea, cómo diantre van a entenderse en cuatro más los bables comarcales que han aparecido como setas de sequía, porque aquí solo llueve la saliva de la indignación que se escapa de las fauces, y poco más!, pero ella se basta para que crezcan las setas de la discordia filológica identitaria. No estaría de más que la madre naturaleza se convirtiera alguna vez en madrastra despechada y dejara ir una andanada de meneos suyos que les bajara los humos a los pedantones al paño, la seda el lino y aun el esparto, a ver si con la calma de los escombros y el fatalismo de lo irrecuperable se amainaran los ánimos levantiscos y pudiera, entonces, ser el Congreso la casa de la palabra que edifica. Mal lo tienen, cierto es.

          Por paradojas históricas, quienes trajeron la Segunda República con unas municipales y han apostado por una vuelta al guerracivilismo, han perdido en toda España unas elecciones municipales que han estado a punto de dar al traste con todo, pero el gobierno convocó elecciones generales para probar suerte «por elevación» en unas elecciones generales al Congreso y al Senado. Quienes gobiernan las han perdido, pero pretenden convertirse en ganadores mediante la extrañísima vía del pacto con grupos de la Cámara que programáticamente son contrarios a la democracia española y solo aspiran a convertirse en países independientes, ellos dicen que en el seno de Europa; la realidad, que en el seno del abismo de la irrelevancia universal, siquiera sea durante un larguísimo periodo de tiempo, más allá del que se sucede en la pantallita de nuestros artilugios. Y así están las cosas. A la espera de que un delincuente huido de la Justicia decida si gobierna el actual inquilino de la Moncloa, un narcisista relamido y bien corto de entendederas o los torilandeseses han de pasar de nuevo por otra convocatoria electoral, que, visto desde los tradicionales usos democráticos de mi país de origen, sería lo más «natural», ¡si es que en Política hay algo de lo que se pueda decir           que es propiamente «natural», dados los embelecos, artimañas, embolismos, mixtificaciones, engaños y demás trapacerías que hacen de ella el arte supremo del engaño, pero sin el ingenio y la agudeza sobre las que escribió Baltasar Gracián con tanta perspicacia.

          De ciertas zonas de Madrid se suele decir que son «el hervidero de la Villa», a juzgar por las muchas relaciones clandestinas que tratan de pasar desapercibidas para los sabuesos chihuahuas del periodismo actual, y confieso que me hubiera gustado conocer alguno de ellos para «tomarle el pulso» a la vida conspiradora que hace de la política una mala novela de intriga. Aquí, para bien o para mal, que es el mal en ambos casos, «está todo el pescado vendido», que es expresión a la que, por mis largos años en la isla, soy muy afecto: todos van a perder, ahora o pronto, en un futuro más inmediato del que todos los que se las prometen felices se piensan, ateniéndonos a las infinitas posibilidades de crear conflictos políticos que están en manos de quienes dominan una de las dos Cámaras del sistema político español. Otra cosa es que a la mayoría impulsada por la delincuencia política se le ocurra alguna ley para eliminar el Senado, ¡que todo pudiera suceder!, una vez que están a punto de saltarse todas las previsiones constitucionales para hacer caber una ley de amnistía que, implícitamente, está prohibida por la Constitución, que sí prohíbe los indultos generales, de los que la hipotética amnistía es prima hermana.

          Lo que no acabo de entender es cómo en esta ciudad tan maravillosa, el pálido reflejo de la verdadera vida que es la preocupación por el poder político, sea capaz de consumir tanta vida y energía de sus habitantes, aunque es posible, dados los usuales niveles de abstención en las votaciones, que la mía sea una impresión engañosa. Cuesta creer, ciertamente, que en esas abarrotadas barras y mesas de los bares todo el mundo hable de política en vez de acerca de otras cuestiones que tantas pasiones mueven, como la fenomenología, el idealismo trascendental, los enigmas matemáticos o las cartas astrales, amén de las últimas novedades editoriales o el estreno de la última película de Santiago Segura, un joven la mar de simpático a quien conocí un día en un bar de Malasaña, después de haber rodado él un programa científico sobre la gastronomía o algo parecido…

          Sigue llamándome la atención, aunque no es raro en la Historia que no pocos gobernantes conciten el odio popular, que el actual presidente de Torilandia sea capaz de atraer como un poderoso imán atildadísimo las iras de las gentes sencillas y aun de las complicadas, porque en eso se ponen todos de acuerdo. He oído referentes de muy diversa naturaleza, y desde los que retroceden al gran Felón de felones, Fernando VII, no pocos hay que lo comparan con el recentísimo Ánsar de las Azores, o algo así, e incluso quienes lo asimilan al autócrata republicano que ganó una guerra y se instaló en el poder tres décadas largas. Hay, como se ve, para todos los gustos.Torilandia es una nación a la que sus gobernantes les duran poco en la estimación —¡pero hay que ver lo que ganan una vez fallecidos…!—, y no porque sus estándares de pulcritud democrática, honestidad o moralidad pública sean altísimos, sino porque los me gusta y no me gusta han democratizado hasta extremos inverosímiles el halago y el denuesto.

          ¡Nos vemos!, que es despedida universal. See you later!

domingo, 15 de octubre de 2023

¿La realidad? ¿La verdad?

 


El pensamiento y la ficción.

 

                        El tópico nos dice que la realidad supera a la ficción, en efecto; pero para dar por bueno ese aserto, ha de tenerse una idea muy precisa, contundente e irrefutable de qué sea eso a lo que llamamos con tanto aplomo «realidad». Los hechos cotidianos, desde el humilde de desayunar un poco de avena con plátano y frutos rojos —que son buenos para la próstata— hasta la salvajada de los asesinados por el grupo terrorista hamás en Israel, levantan un mapa de referencias al que solemos llamar «realidad», y parece que cuanto más material sea lo que sucede, que estén involucradas vísceras, excrementos, cuerpos profanados, edificios bombardeados y víctimas de toda suerte y condición, culpables e inocentes, más nos parece que estemos hincados hasta el corvejón en la «realidad». Da igual que de todo ese conglomerado de hechos, a nosotros no nos llegue ni siquiera el sonido de las sirenas ni el jadeo de quienes corren a un refugio o esperan en la habitación del pánico una muerte segura, porque le vamos a dar el estatus de «realidad», lo sea o no lo sea. Y ello va a condicionar no solo nuestras reacciones o nuestras emociones, sino también posicionamientos políticos o sociales que nos van a definir así que pronunciemos esta o aquella condena, escojamos a unas o a otras víctimas, consideremos terroristas, o no, a estos o a aquellos grupos o ejércitos. Realidad parece ser, como quería Humpty Dumpty, aquello que, desde mi poder unipersonal, yo decido que es o no es real; del mismo modo que decido de qué parte está la razón, qué es lo relevante y qué lo prescindible, qué ha de ser aceptado a pies juntillas y qué rechazado a las tinieblas exteriores.

               Poco a poco, pues, se va configurando la «realidad» como una suerte de solipsismo del sujeto, encantado de su poder y de su capacidad de expresarlo para que nadie se llame a engaño y para, en función de la capacidad de ataque y demolición, imponerlo como verdad indiscutible. Esa «realidad», por lo general, suele estar enunciada con unos conceptos que en modo alguno son inequívocos, sino sujetos a reflexión y debate, de modo que el uso de la razón permita establecer un consenso universal para aceptarlos o rechazarlos. 

              Lo que sucede, sin embargo, se recibe con tal grado de adhesión a «lo que ocurre», que nos parece inverosímil que alguien pueda entender lo ocurrido desde otro enfoque, desde otra perspectiva, y que descubra en ello un significado que nosotros ni siquiera hemos imaginado que tales hechos pudieran tener. Ahí es cuando la «realidad» se cuartea y comenzamos a sostener que la única «verdadera» es la nuestra, lo que nos lleva a organizar, con todos los medios de persuasión a nuestro alcance, la defensa numantina de nuestra interpretación. Aparece entonces la absurda multiplicación de la «verdad» y su proliferación casi partenogenética.Y la lucha entre «verdades» se cruza con los diferentes conceptos de «realidad» que las sostienen, de donde emerge una división radical imposible de salvar para unificar un concepto universalmente aceptado de «realidad». Y de ahí lo de «nos movemos en realidades diferentes»… y expresiones que vienen a marcar la incompatibilidad absoluta de concepciones de «lo real», lo cual, paradójicamente, nos va acercando a una peligrosa ficción: la de que ni la realidad ni la verdad existen, sino como percepciones exclusivas de cada sujeto, aislado, en consecuencia, en una monada de mónadas desde la que es literalmente imposible no ya solo el contacto con las demás, sino la mera posibilidad de «compartir» un único concepto de «realidad» y de «verdad».

          Ya Epícteto aligeraba de responsabilidad a los «hechos», al defender que es la interpretación de estos lo que nos altera, no su mera existencia. Los tiempos, ¡vaya por dónde…!, han acabado dándole la razón. Y la experiencia nos dice que ante cualesquiera hechos supuestamente «reales» siempre vamos a levantar, los humanos, una red de interpretaciones que acabarán desdibujándolos de tal manera que lo único legítimo sea dudar de si tales hechos en verdad han sucedido o son meramente una ficción que hemos tomado por «realidad», siempre en función de nuestros intereses particulares en el asunto.

          A mí me parece que lo de que la realidad supera a la ficción es una manera de decir que la primera acaba convirtiéndose en la paridora de la segunda, y de que no hay dos realidades iguales, como no hay dos verdades que puedan vivir sin echarse la una a la otra la exclusividad a la cabeza. Parece que va en los genes de la especie esta deriva individualizadora, a pesar del esfuerzo inhumano de tantos gobiernos totalitarios para convertirnos en grupos convenientemente amaestrados para no mostrar fisuras frente a la demagogia de la propaganda encargada de velar por los inequívocos conceptos de realidad y de verdad que nos permitan seguir contribuyendo, mediante nuestra sumisión al enriquecimiento y la tranquilidad de la casta dirigente.

          Pensar por uno mismo y descubrir que la realidad es una, como una es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, es el único acto revolucionario a nuestro alcance. ¡Y espero no haber salido de la ficción de Juan Poz…!

miércoles, 2 de agosto de 2023

El insulto, los remilgos y otras hipocresías.

Del arte a la chabacanaería: la necesaria higiene moral y verbal del ultraje: La vieja libidinosa, de Teodoro Pródromos.

 

          Plurales son las funciones del lenguaje y múltiples sus niveles y registros. Desde el susurro hasta el grito, cada día descubrimos nuevos usos y aplicaciones. Una voz robusta puede salvar una vida; una voz suave y rasgada conquistar un corazón; una voz melodiosa dulcificar la compañía; una voz cazallera alejar de nosotros cualquier conato de sociabilidad… Desde bien pequeños somos instruidos, antes de tener un conocimiento positivo del vocabulario, en ciertos tonos que instalan en nosotros el reproche, el aviso, la ternura y la orden imperativa. Esa preparación para el «contenido» nos permite familiarizarnos con lo que, superada la edad de la razón, identificamos inmediatamente con la función agresiva del lenguaje: el insulto, el ultraje, el vituperio, la diatriba, el agravio, la ofensa, la afrenta, el desprecio en suma. El lenguaje infantil está plagado de lo que podríamos definir como el grado cero del insulto: «tonto», «bobo», «soso», «memo», «panoli», «baboso», «berzotas», etc. Necesitamos la socialización del grupo para que los más avezados en la percepción  nos revelen, desde el seno de familias algo más «broncas» que la nuestra, la existencia de grados superiores: «energúmeno», «gilipollas», «idiota», «subnormal», «gilipuerta», «huevón», «cretino», «tarado», «cabrón», etc. El salto definitivo nos lleva al más popular de los insultos españoles: «hijo de puta», su contracción, «hijoputa», y sus hipérboles, «hijo de la grandísima puta», por ejemplo, que se suma al rechazo al antiguo «pecado nefando» del que «te den por culo», el «pichabrava», «pichafría», «chupacojones», «que te folle un pez», «me cago en tus muertos», «comemierda» y otras lindezas de ese jaez inagotable que es el caudal léxico del improperio en nuestra lengua, cultivado desde las Coplas de Juan Panadero, pasando por el Arcipreste de Hita, La Celestina, el Corbacho, la picaresca, Quevedo, Góngora y CJC, entre tantos notables en los que no conviene olvidar a Moratín y su Arte de las putas.

          Como vemos, así pues, insultar es una manera de relación social que no oculta la rivalidad, el enfrentamiento e incluso el odio hacia el objeto de nuestra ira, pero, tenga la dimensión que tenga el insulto, conviene destacar enseguida que el insulto es una agresión «en efigie», como aquellos condenados por la Inquisición que escapaban de su garras torturadoras y eran quemados de ese modo que les permitía respirar tranquilos, a los profanadores. Insultar es un quedarse a gusto y apaciguarse, para que la sangre que nos hierve en las venas no se derrame y vaya el asunto a mayores. Conviene que seamos conscientes de que la ira es una emoción legítima que no conviene reprimir, sino liberar dentro de un cauce aceptable para uno mismo y para los demás.

Viene todo esto a cuenta de los remilgos sociales que se han extendido a cuenta del uso del insulto en la vida pública en general y en la política en particular, un ámbito en el que, de repente, todos parece que «se la cojan con papel de fumar», que se suele decir de los remilgados…, y en el que se nos han llenado de Tartufos las redacciones periodísticas, las tertulias, las televisiones y casi cualquier espacio público en el que uno manifieste escrúpulos invencibles de malestar moral ante el uso del insulto como ejercicio popular del lenguaje, tenga el grado de virulencia que tenga. Está claro que las leyes marcan los límites del respeto a las personas y a su honor y buen nombre, pero, no sé si afortunadamente…, los jueces se han mostrado muy prudentes a la hora de castigar excesos verbales cuya represión podría constituir un  atentado a la libertad de expresión.

          El insulto, pues, está instalado en nuestra sociedad, pero todos sabemos que, como se ha dicho siempre, «no insulta quien quiere, sino quien puede» y que respecto de los insultos «el mejor desprecio es no hacer aprecio», lo cual permite ponerse por encima de ciertos desahogos que, manifestados sin gracia ni ingenio, se aproximan  más a los ladridos que a la discreción. Con todo, no olvidemos que una mención despectiva a «la madre», institución sacrosanta para muchos, y no solo para la Legión…, puede acabar en tragedia, como se ha dado el caso, que nuestras tradiciones son las que son.

Viene esto a cuenta del revuelo armado con el acerado «Que te vote Txapote» con que se ha querido insultar a Su Excelencia y que, por la intervención de un familiar de una víctima del asesino chapote, ha acabado volviéndose en contra de los insultadores y del pp en general, quienes, a su vez, indiscriminadamente, han tenido que cargar con el insulto tan socorrido en estos tiempos de «fascistas», insulto que, a pesar de su desemantización evidente, evoca aún una misión heroica en los votantes de unos partidos que, anacrónicamente, lo agitan como la bandera del «No pasarán» de la Segunda República cuyos tristes destinos tejieron  con extremismos no muy lejanos de los del presente.

Yo aprendí a insultar de muy niño, pero no dejó de chocarme oír de labios de mi madre que, durante la retransmisión de un partido, ella preguntara si lo que coreaba el público, imagino que al árbitro, era «hijo de puta». A edad tan temprana como los nueve años oír esa expresión en boca de la madre fue para mí un pequeño trauma liberador, porque entendí que me abría la veda para su uso y el de otras expresiones aún peores. Lo que no he olvidado nunca fue, tras una riña con uno de mis hermanos, lo que se me ocurrió que era el peor insulto que podía lanzarle con la peor mala leche del mundo: «¡sifilítico!», le escupí, sin saber ni propia ni impropiamente qué coño le estaba diciendo. Él tampoco lo sabía, pero lo chivó a mis padres y ahí fue Troya, la somanta de palos que me cayeron encima… Eso sí, en ningún caso, dado lo complejo del tema, se tomaron la preocupación de explicarme qué significaba, claro… En fin, cosas de tiempos muy lejanos.

Aprovechando el asunto que me trae a mi Provincia después de tanto tiempo de no aportar por ella, he querido acercar a los lectores una muestra del insulto literario. Y también me he alejado en el tiempo para rescatar este poema de Teodoro Pródromos, La vieja libidinosa, de la literatura bizantina, traducido y analizado por Pablo Adrián Cavallero con un excelente aparato crítico que los lectores interesados pueden consultar en la página original [ Dialnet-ProdromosLaViejaLibidinosaH140UnaSatiraBizantinaEn-8987688 (2)] , dada la aproximación lectora no erudita que yo aquí ofrezco al común de los lectores. Está claro que las notas enriquecen el texto y permiten comprenderlo mejor, pero quédense esos pormenores para los eruditos y diletantes como yo que nos perdemos con deleite en ellas para enriquecer un saber auténticamente inútil. Adviértase que la temática de la vieja/niña es muy propia del barroco y es tema que trató con gracia y donaire Góngora en sus famosas letrillas, por ejemplo. Lean y disfruten con una hermosa colección de insultos articulados con supremo arte desgarrado…

 

¡Oh vieja sucia, gran mal para los hombres!

¡Oh vieja sucia, más antigua que Túcrito,

arruga fláccida y podredumbre de tiempos de Crono!

¡Oh vieja impúdica, oh anciana licenciosa,

que te muestras lasciva y cachonda y engreída!

¡Oh vieja lúbrica, báquica, salvaje ménade!

¡Oh vieja sucia, tres veces el ‘vieja’ y también cuatro,

reverenda pentacorneja, podrida anciana!

¡Piélago atlántico, profundidad egea,

Ponto, Propóntide, boca oceánica,

mar totalmente más salado que ésta

en la cual volcaron innumerables navíos,

en la cual naufragaron barcas con todos sus hombres!

¡Oh pantano de barro y profundidad de fango,

casa de la anguila y de la rana,

mancha de la naturaleza y de lo que está en natura!

¡Oh langosta y granizo y gusano y tiniebla

y, en resumen, destrucción de la vida de los mortales!

¡Oh vieja canosa hasta incluso en las cejas,

así también como borracha te conduces contra la infeliz naturaleza

untando los cabellos con tinturas densas!

¡Oh vieja privada de todo diente,

que mordisqueas de lado con dos molares solos

que el tiempo no te quitó, haciendo bien por cierto,

para que no seas considerada un bebé recién nacido!

¡Oh vejeta pálida, aunque te pases con el albayalde!

¡Oh uva seca magra, aunque te creas verde todavía!

¡Oh Camarina, aunque te perfumes ricamente!

¡Oh piel-de-cuero, aunque aligeres la piel,

legañosa, aunque haya bistre alrededor de tus pupilas,

arrugada, aunque haya maquillaje alrededor de las mandíbulas,

gotosa, aunque disimules la enfermedad,

haciendo de la gota un esguince,

encorvándote, aunque te creas enderezada!

¡Oh vieja, de nuevo vieja y de nuevo vieja y de nuevo!,

¡antigua vergüenza, maldad arcaica!

¿Por qué haces esto? ¿Otra vez te inclinas a la añoranza,

recolectas amores, respiras placeres de Afrodita?

Y en verdad era necesario que antes tuvieras conciencia de esto,

de que todo es bello en el tiempo adecuado.

A su tiempo cosechas el racimo del viñedo,

a su tiempo llevas la hoz a la espiga;

la menta, el lirio, la hierba, a su tiempo.

El vino, siendo joven y jugoso, borbotea

y desgarra el tonel por desorden:

pues siendo joven experimenta lo propio de los jóvenes;

pero en la vejez y en el último tiempo

se pone, por una parte, templadamente en sí mismo,

se ajusta, por otra, y es templado como un viejo.

En cambio tú, tras sobrepasar las edades todas,

tras alcanzar el cabello más envejecido,

tras llegar cerca del portal de la muerte

y oyendo el grito de las Erinies

y el ladrido del perro Cérbero,

todavía te dedicas a lo que las muchachas jovencitas

y untas con maquillaje las mejillas.

¡Ay, ay, desdichada, qué amor-por-lo-voluptuoso!

¡Ay, ay, enloquecida, qué recolección de amores!

Muriendo, la cigarra habla lo más melodiosamente

mas tú, ante los últimos suspiros mismos,

te revistes con la vestidura más propia de una hetera:

adornas los dedos con anillos engarzados en oro,

como si tomaras por presa a algunos de los jóvenes

que miren el adorno, no el tiempo etario.

¿Y quién es el joven a tal punto insensatísimo

como para soportar acercarse a un escarabajo,

incluso si fuese rociada con perfumes toda la carnecita?

¿O quién comería excremento mezclado con miel

o se ayuntaría con un lechón rociado con oro,

si no estuviese dañado en la mente y los sesos?

El artificio no sabe cambiar la naturaleza,

incluso si moviera todos los cables, como el dicho,

y encontrara todos los tipos de mecanismo:

ni siquiera un rostro de vieja lleno de tizne

compraría alguien, siendo sensato, aun por un trióbolo.

Otrora eras entonces útil, quizás, para el amor,

otrora eras entonces para los hombres anzuelo de amor

que ocultaba el aguijón del mal gancho.

Ahora regenta un prostíbulo, ahora hazte proxeneta;

pues ninguna otra cosa se adecua a tu tiempo etario

o, para decirlo mejor, a tu vida y a tus modos.

Pero ¿no quieres? También hazte comida para los lobos.

Que seas corrompida mal, la más mala de los malos,

vete a los cuervos, vete ante el Rico.

No te retrases, Cloto, corta de una vez el hilo.

Guiador de cadáveres, acoge a la infeliz.

Barquero de cadáveres, lleva en tu nave a la anciana.

No te retrases, Radamantie, ni tampoco Minos cretense;

¡vamos!, para juzgar a la antigua lasciva

no carecéis de testigos acusadores:

las camas mismas gritan, las lámparas mismas.

No obstante, que esté lejos no sólo la cama sino también la lámpara:

las marcas dan fuertes gritos en lugar de Sténtores

y testimonian la vida de la decrépita.

En efecto, ¿qué podría padecer y qué rendición de cuentas le tocaría?

Muchas formas de torturas hay entre vosotros;

muchos y diferentes modos de castigos;

mas uno se adecua sobremanera a este juicio:

pues que al antiguo y viejo Cérbero

sea dada la vieja y que dé su rendición de cuentas.

Sin embargo, ante tan despedazada carnecita,

se debilitará incluso la boca de Cérbero.


sábado, 20 de mayo de 2023

Insomnia…

 


Breve extracto de un *noctario

 

         Primera experiencia nefasta con media pastilla de Orfidal. Al margen de una urticaria galopante que me tiene hiperactivo como un perro sarnoso, y cuyo origen ignoro si está en la patata con judías, en la loncha de jamón de york o en el regaliz de la infusión digestiva, lo cierto es que he tenido una experiencia perturbadora a medio camino entre el sueño de la vigilia y la duermevela. Daba vueltas, luchando, como siempre, contra el exceso de ropa con que se abriga mi Conjunta, cuando ha comenzado una suerte de rueda infernal de órdenes que me impelían, como si fuera obediente devoto en una secta, a adoptar tal o cual postura, a ponerme o quitarme la sábana, a acercarme al borde de la cama, a girar hacia el centro de la misma… Una instancia indeterminable, pero todopoderosa, me forzaba a concentrarme, como si me ordenaran contener la respiración, en una inmovilidad de la que tomaba nota, el tiempo que duraba, aunque yo me afanaba en desbaratarla como una necesidad rebelde de afirmarme en la resistencia a tales órdenes. Lo fundamental ha sido la incomodidad y la humillación por las órdenes recibidas, por la insistencia de las tales y por la amarga sensación de haber entrado en un psiquiátrico y estar recibiendo órdenes contradictorias que unas veces me llevaban a abrigarme, otras a desabrigarme; unas a mantenerme quieto, hasta rígido, otras a girarme hacia el borde exterior de la cama, al tiempo que me veía en la necesidad de contraer los músculos como una rebelión contra la fugaz inmovilidad que me ponía de un humor de perros. He salido de esa lucha como de las mil vueltas que doy siempre antes de ceder al insomnio y levantarme, pero nunca antes había experimentado la angustia de sanatorio mental de esta primera noche de medio Orfidal. Vuelvo a la cama a las cinco y media y solo entonces, no sin dificultad, comienzo a conciliar el sueño. Despierto a las ocho y no puedo ni abrir los ojos. Después, aún muy dormido, he de echarme en el sofá, donde continúo dormido hasta las diez, profundamente.

         Parece que se ha convertido en un patrón. Me acuesto, leo, me entra la modorrilla el sueño, apago y, a partir de ese momento, inicio la tortura de la resistencia, los picores y la rebelión contra el efecto del Orfidal, en el supuesto de que lo suyo hubiera de ser tumbarme por K.O. No sé si se debe a la media ración que tomo, pero lo cierto es que no hay manera humana de conciliar el sueño desde que me giro para mi lado, si no hay alegría púbica, e inicio el temido ritual de las vueltas para aquí y para allá, el aliviarse del peso de la colcha, del de la propia sábana, sobre todo si es la azul «zamorana», que yo le digo, por su densidad de zamarra de pastor, y el quedarme en pelotas hasta que la brisilla nocturna me acobarda y vuelvo a refugiarme bajo la sábana. Cuando, pasada la hora, me doy por certificado lo infructuoso de la conciliación, me levanto, voy al salón y comienzo a leer o, como ahora, a escribir para dejar constancia de este patrón que algo tiene de nave infernal de los locos en la que soy el obediente marinero al que no le queda otra que conformarse con su condición. En fin, me veo forzado a tomar la decisión de ingerir, mañana, una píldora completa, para observar la reacción. Lo que más me llama la atención de esta crisis y de la reacción a las pastillas es que parece acentuarse el temido síndrome de las piernas inquietas, que he padecido toda mi vida, y al que solo muy recientemente los médicos le han puesto un nombre con el que dignificar un padecimiento que puede parecer de risa a quien no lo sufra, pero que nos hace la vida imposible a sus sufridos pacientes. A ver mañana qué tal. Sigo con la lectura de las Ensoñaciones del paseante solitario, de Rousseau, un título que no escogido adrede para estas extrañas e insomnes noches de mayo…

         Ahora sí que la cosa se complica. He pasado de media a una pastilla y aquí estoy… en este tétrico *noctario de la imposibilidad de conciliar el sueño, con el que parece que me he enemistado para siempre. Estoy cansado. He corrido, aunque con dolores, diez quilómetros. Hoy, a diferencia de ayer y de anteayer, quizás por el entrenamiento, no tengo los síntomas desagradables del síndrome de las piernas quietas, que tanto contribuyen a generarme un desasosiego general que, con toda razón, impide el sueño y lo que se le ponga por delante. El «momento» tiene su atractivo, no lo niego.  Ningún hijo en casa y un benefactor silencio que solo rompe el maullido de alguna gatirriña en la colonia gatuna que habita en el patio interior de la manzana, lleno de tejados de comercios y de terrazas protegidas contra sus incursiones; todo ello es el mundo ideal para librarse al trabajo gratificante de la lectura o de la ficción, aunque ambos los sustituyo, en este momento,  con la torpe crónica de una ruptura del ciclo circadiano cuyos efectos ignoro qué dimensión orgánica pueden tener, aunque, a juzgar por cómo la vida me ha enseñado recientemente, mucho me temo que lo acabe somatizando en forma de lesión en cuanto salga de la del cuádriceps. Para mal de males, he cenado fruta, queso y yogur, y se me ha revuelto todo en el estómago. Estoy por hacerme una infusión digestiva Finocarbo, de sabor dulcísimo, al que le añado un poco de regaliz en rama para subirle el dulzor y el buen sabor. Me la juego… Lo suyo, lo del ritual es volver a Rousseau y esperar que poco a poco acabe haciendo algún leve efecto el Orfidal y pueda volver a la comodidad del colchón, porque en este sofá antianatómico tengo más que serias dificultades para descansar en una postura que no me dejé en tensión no pocas partes del cuerpo. Es precioso, como pueden imaginarse; pero, al menos para mi cuerpo maltrecho, una compra equivocada. Son decisiones que no tomamos a la ligera, pero a veces no pensamos en un uso prolongado ¡y a deshoras! Vuelvo a Rousseau. De él volví a la cama, creyendo interpretar adecuadamente los signos del amodorramiento, y, ¡sorpresa, sorpresa!, de nuevo estoy aquí, tras haber consumido no poca paciencia, grandes dosis de contorsiones corporales y una creciente convicción de haber tomado una decisión errónea. En fin, de nuevo a por el ginebrino…, pero han caído la infusión digestiva y los últimos tres dátiles que guardaba en un recipiente hermético en la nevera: ¡He hecho espacio!, una de mis debilidades caseras…

domingo, 30 de abril de 2023

El tenis.

 



Entre el deporte, la meditación y el arte. 

         Sí, a su manera, yo también soy hijo de la pérgola y el tenis, curiosamente en superficie dura, de abrasado, y algo cuarteado…, cemento sobre el que crecían las ampollas, como las de la palma de la mano untada con ajo en las tardes alternativas de frontón. Hijo de cuando a las raquetas de madera había de aplicárseles el protector-corrector con palometas que impedía que se combasen; también de cuando el fair play valía mucho más que la victoria y el «buena» o «fuera» del contrario eran casi ley divina indiscutible. El tenis era inglés. Yo jugaba en Murcia, junto al Mar Menor, hoy en peligro de extinción, enfrente de una Manga en la que no se alzaba ni una edificación y era juego de niños atravesar de uno a otro mar, del Mayor al Menor y viceversa, en esporádicas y largas tardes de asueto y vigilancia familiar. El tenis era juego de señoritos y de militares. Y llamaba extraordinariamente la atención el principal requisito que exigía su práctica: el silencio. No creo haber sido un niño particularmente follonero, pero ver jugar a «los mayores» con ese amor al ritual, con una seriedad respetuosa y amable, parecía infundírsete en cuanto apretabas el mango de la raqueta con la euforia de poder pelotear cuando dejaban las pistas libres y los mocosos nos hacíamos dueños de ellas, soñando con reveses imposibles, voleas majestuosas y passing shots inverosímiles.

         Sin tradición deportiva propia, viví el tiempo en que un humilde recogepelotas simpático, espabilado y con la muñeca más prodigiosa que se haya visto nunca, Manuel Santana, siempre «Manolo», empezó a ganarse la simpatía del país casi con las mismas armas con las que otro Manuel, este Benítez, pero siempre «Manuel», se había ganado la de los aficionados a otro arte, el de la música callada del toreo, que revolucionó de la noche a la mañana. Tomó la alternativa triunfante el «beatle» de los toros, en 1963. Ese mismo años Manolo Santana se hace inmortal al ganar  Ronald Garros, primer español que lo consiguió. Entre el arte de ambos no parece haber relación, pero,  para el aficionado al tenis y al toreo, el «temple», imprescindible en uno y otro, es el mismo. La distancia, respecto de la bola o el morlaco, también es la misma. El don de la oportunidad y el desvelo por adivinar las intenciones del rival o del bicho son los mismos. Si el torero pisa el albero con mimos de geisha o desplantes de atleta, el tenista patina por la tierra batida como si la fuerza de una motora imaginaria halara de él hacia la red para recoger una dejada y devolverla a la esquina inalcanzable… No, no hay mucha distancia entre ambas aficiones, entre ambas artes.

         El tenis tiene una dimensión fantasmagórica que lo asemeja, hasta cierto punto imaginario, al wuxia de las artes marciales chinas, porque la coreografía que en tantas películas se apodera del espacio, en el tenis se celebra a flor de tierra, con idas, venidas, saltos e incluso genuflexiones o patinazos a los que se ha de ser muy insensible para no responder con el asombro y la explosión jubilar del punto ganado, gánelo quien lo gane, porque los verdaderos aficionados al tenis son muy distintos de los de otros deportes, en los que parece que el único lema posible sea «triunfa o avergüénzate»; en el tenis el amo y señor es el «punto» y se celebran con idéntico entusiasmo si lo gana el jugador al que se sigue o su adversario. Claro que hay partidismos y rivalidades y competencia y todas esas circunstancias propias de todos los deportes; pero el tenis no admite el fanatismo, y cuando aparece un brote de él, el resto de los espectadores lo reprueba hasta que se abochorne el «intruso».

         Se ha de haber sido jugador con pareja estable durante años para saber de qué estamos hablando cuando hablamos de «jugar al tenis», que viene a ser, lo he dicho en parte, practicar la liturgia de una religión atlética inigualable. La pareja de tenis es tan definitiva en la vida de uno como la amorosa, y perderla es un drama igual o superior al divorcio. Quienes lo han vivido lo saben. Yo, como corredor, soy un superviviente maltrecho a aquella pérdida, pero al menos no puedo flagelarme con el azote de haber sido quien tomara la iniciativa para tan desastrosa separación. Incluso a pesar de mi iniciación muy temprana en el tenis, cuando aparecí por Madrid con 12 años y estaba pendiente de una prueba para los infantiles del Real  Madrid de fútbol —era yo un nueve fornido y buen rematador de cabeza…—, se cruzó la natación en mi camino y le dediqué, a tiempo total, la siguiente década de mi vida… Son extraños, los caminos deportivos de los humanos, ciertamente.

         El tenis ha ocupado siempre, desde aquella retransmisión de madrugada de la primera y mítica final de la Copa Davis en Australia, en aquellos tiempos en que jugaban Roy Emerson y John Newcombe, dos monstruos que no eclipsaban, sin embargo, al gran campeón del tenis de todos los tiempos: Rod Laver, el «zurdo de oro», quien, pasado al profesionalismo, no pudo jugar contra España aquella final [otro zurdo de oro, este español, Rafael Nadal, habría de continuar las gestas de aquel otro…]; ha ocupado, digo, un lugar preferente en mi condición de espectador amante de casi todos los deportes. Los británicos, inventores de tantos deportes, acertaron en este de lleno, porque la única revolución, en aras de las necesidades de la vida moderna, tan estresante, ha sido rebajar los torneos, menos los del Grand Slam, a tres sets, en vez de a cinco, que es lo tradicional del juego. Contemplar un partido de tenis es sumergirte en una ceremonia ritual en la que vas a tomar partido por la belleza, el riesgo, la fantasía y, por qué no, la fuerza y la decisión. La gama de golpes es finita, pero la pasión y la belleza infinitas. La emoción es de tal naturaleza, que un partido de tenis no se resuelve hasta que se juega la última bola, no hay espacio para el cálculo ni para la especulación: superar al adversario es la única opción, y, para ello, nunca hay tal cosa como «la última bola inapelable», sino, en todo caso, y es frecuente que sea así «la última esperanza a la que agarrarse para continuar». ¿Qué otro deporte puede dar más?

         Después de Manolo Santana ha sido larga la nómina de fantásticos jugadores que han ido renovando la pasión de los aficionados, y ahí está, aún en activo, el inmortal Rafael Nadal, leyenda viva de este deporte, por todo, por sus logros, por su deportividad y por ser un ejemplo de los mejores valores que atesora la práctica deportiva. [Mis antiguos alumnos, cuando me encuentro con alguno de ellos casualmente, no dejan de repetirme lo que les chocaba que, como profesor de Literatura, les recomendara efusivamente que practicaran deporte cada día y si era de competición, mejor. Y me recuerdan, al acabar la clases, enfundándome la ropa deportiva, echarme la mochila a la espalda y volverme (18 kilómetros de por medio) corriendo a casa…]. Ahora, aún Nadal en activo, digo, emerge un fenómeno como Carlos Alcaraz, llamado a todo y capaz de él y de más, dadas sus condiciones.

         ¡Qué felicidad contemplativa, en las postrimerías de mi vida, poder disfrutar de su tenis, un deporte tan caro a mi corazón (y mis piernas…)!

 

lunes, 10 de abril de 2023

La escapada.


El desplazamiento acomodado.

            Salir del entorno habitual, un derredor que, a veces, aprieta casi hasta la asfixia, no es un capricho, sino una necesidad. Darle a los ojos nuevos espacios, interiores y exteriores, es darle al alma una calma que necesita como los pulmones el aire de un espacio desconocido. Viajar está en nuestro ADN. Moverse, llevado por un coche, aunque sea a través de una autopista que sufre el gravoso paso de privada a pública, es una bendición acompañada por las armonías de Radio Clásica. Todo lo mal que duermo antes de un desplazamiento, lo disfruto en cuanto gobierno un coche y devoro kilómetros sin señal alguna de cansancio, hasta que una modorra amenazadora impone la parada pertinente.

            Jávea es un destino con Parador Nacional, tan bueno como lo hubiera sido la Sierra de Cazorla o cualquier otro de esa lista privilegiada de Paradores que invitan a visitar todas las provincias españolas. No hay que complicarse la vida para desconectar y disfrutar de dos elementos esenciales de la escapada: los paisajes y la gastronomía, ambos a ritmo lento. Dos cabos, el de San Antonio, con escalada de dos horas desde el Puerto de Jávea, y el de La Nao, visitado en coche, más la cercana cala de la Granadella son los tres objetivos de tan corto viaje, antes de regresar con la relajación para el entorno habitual, a veces difícil de gestionar. Dos poblaciones, la propia Jávea y Denia, son los núcleos urbanos visitables. Muy interesante el primero, anodino el segundo.

            La mirada atesora cuanto el viaje ha dado de sí, y de ello los aficionados a la fotografía guardamos algunos fragmentos que ya no llegarán a imprimirse en papel, sino que se sumarán a esos ingentes archivos de instantáneas que nos sacarían de quicio si quisiéramos verlas todas para seleccionar algunas. 

            Llevo tiempo pensando que, hijo como soy del desarrollismo, la primera generación televisiva de la historia de España, bien pudiera ser que una autobiografía pudiera escribirse con fotos y moderados pies de ellas, no tanto para circunstanciarlas, cuanto para dar rienda libre al poder de la evocación y de la asociación, actividades tan psicoanalíticas.

            De una escapada puede predicarse lo mismo, por eso hoy, ajeno a la pereza del teclear y al uso de las palabras, ensayo aquí la versión viajera de esa escapada:

Subida a nuestro particular Monte Ventoso de San Antonio, escarpado y placentero. Con los cayados compraos en Bubión y componiendo la perfecta imagen de los senderistas caprinos. Fresco, sol, soledad y silencio.

El empeño contante y la lógica del caos. Besos como latigazos y espumas como coronas. La gota horada la roca; la roca desafía a las olas y las rompe en gotas salobres y flexibles. Los ojos bucean, afloran las branquias.
La costa alicantina como espejo de la balear. Una cala insular pegada al continente. El agua calma la ansiedad de la mirada y la herradura se percibe como señal de la suerte: rodeados de sol y ausentes de compañía forzada.
La mirada sinuosa recorre el frente abrupto que impone su «vade retro» con sólita armonía estética. Los límites imitan el arbitrio del Poder, pero en su aridez anida la vida elemental.


En la azotea el remedo inmoviliza una savia de fragua. ¿Qué aves se posarán en las ramas recalentadas y sin umbría del verano? La mirada se complace en el molipavo real desplegado en las alturas. Y no echa de menos su sombra imposible ni su tronco sin raíces.

            
        En tan escasa ciudad y en barrio tan humilde como el de pescadores, una osadía religiosa y arquitectónica le arranca espíritu al hormigón y un goticismo combado y sin pilares. Quien lo habite se sentirá rejuvenecido en el fervor de sus devotos.

Obra de la naturaleza, la destrucción como la vida. Hay una belleza especial en el árbol seco y tronchado, en su pálida corteza, en sus cuernos agresivos. Alimento del fuego, guarida de insectos: ruinas que mira el ser humano con temor y reverencia. Incrustado en la pendiente, detenido por el viento y los obstáculos, es un alma libre que ha dejado su verdor en los matorrales indiferentes de su entorno.
Hay en el paisaje una cualidad pictórica que nos han enseñado a ver los artistas. Magritte, por ejemplo. Y el detalle de la sombra de una nube suspendida sobre un macizo cobra una vida que va mucho más allá de las palabras que intentan describirla.
¿Pertenece a la teratología vegetal el tronco de la morera? En chino mencionarla es nombrar la innombrable, y su contemplación me permite evocar el alimento de los gusanos de seda antes de convertirse en tristes y cenicientas mariposas bordes arrastrándose, ¡qué horror!, por la inhóspita caja de zapatos. De este tronco, sin embargo, lleno de tumores que son, si traslaticios, temores, se cuelgan los ojos  segundos que son minutos, minutos que son la impaciencia de la compañía.


¿Qué poder de atracción tienen las puertas que se encuadran solas en el visor de la cámara, a poco que el plomo, como en este caso, dibuje arabescos como nervaduras de piedra o de vegetal? Son defensa y misterio. Ostentación y reto. En Burgos se quejan de cambios innovadores. Hacen bien. La puerta de la fe no se cambia así como así.
El mercado estuvo siempre fuera, en la calle, abierto a los cuatro vientos. Si se los cubre, ha de ser con la magnificencia que exige el trueque que nos define como especie. Es otro templo, y a veces no andan lejos el uno del otro.




jueves, 30 de marzo de 2023

Crónicas de Robinson desde Torilandia (II)

Del incierto sentido de los tiempos políticos y del madrileñismo...

    

No, a pesar de las ubérrimas tentaciones que anidan en urbe tan populosa como la gran villa manchega que es el Madrid cuyos orígenes se pierden en las mil y una noches, tomando del denostado Manzanares, aún innominado, su nombre arábigo de «corriente de agua»; a pesar de las copiosas atracciones que para un ser como yo, curioso e industrioso, tiene esta capital, no me he perdido. Aquí sigo, por cortesía de mi anfitrión, con quien cualquier día de estos he de reunirme, si sus innúmeros afanes le distraen algunas horas de amable conversación en su lengua o en la mía, en la que se afana con voluntad de escolar y contumacia de veterano en el «afincamiento de los codos» que, forzosamente, precede a la iluminación de la sabiduría o de la despabiladura, que tanto monta.

A pesar del acicate que para un observador foráneo tiene el grosero espectáculo político torilandesco, que alcanza niveles próximos al esperpento, una teoría estética a la que nosotros hemos llamado desde siempre grotesque, y que está emparentado, vía verbal, con el nonsense y, muy al fondo, con ese poema no tan suficientemente alabado como merece, el Hudibras, de Butler, Madrid me ha deparado algunas sorpresas tan maravillosas como mi propia y reconocida capacidad de admiración. Por cierto, de la cercanía al nonsense, que apareció en las letras inglesas bastante después de que mis andanzas literarias hubieran cesado, baste destacar la afición que tienen los políticos torilandescos a sostener que, más allá de que  las palabras significan lo que signifiquen, lo importante es siempre quiénes mandan y «sanseacabó», ese estupendo y espurio santo del santoral de las hermosas expresiones populares de este pueblo con tan noble historia de ingenios en las Letras, desde Quevedo hasta el propio creador del esperpento, el galaico, y algo británico o irlandés… —y yo me entiendo— Valle.

Que nadie se siente extranjero en Madrid es uno de los tópicos más verdaderos que yo haya conocido, y es cierto que los lugares y las personas se nos aparecen siempre mediatizados por esos «lugares comunes», y ya, en mis tiempos en la isla, pude comprobar el valor de los españoles en la lucha y en su sentido de la responsabilidad, fiándome de la cual, les dejé en posesión de la isla cuando yo la abandoné, a pesar de que recordé, en parte, esa leyenda negra que a siglo de hoy no me duelen prendas en reconocer lo injusta e interesada que ha sido. El trato afable, la llaneza en el mismo y el respeto a mi idiosincrasia son la norma en mi día a día lleno de descubrimientos, desde los famosísimos «churros y porras» hasta la claridad diamantina de sus cielos, la pureza sin afectaciones de su agua corriente y, en el campo del arte organizado, y a pesar de nuestros acreditados museos, la joya universal que es el Museo del Prado.

No puedo con el tráfico, lo reconozco, y vaya dentro de alguno de esos vehículos infernales o me mueva a pie por tan populosa corte, sufro esa plaga con poca paciencia, y me acuerdo de la paz de mi isla con sufrible nostalgia. La vida nos lleva donde los ingenios quieren… Y en esta Villa y Corte paso mis días de sorpresa en sorpresa y de estupefacción en sobresalto, no sabiendo nunca cuándo se ha alcanzado el culmen de la impostura y la trilería, sea en el Congreso, con bella custodia felina; sea en la forofa prensa de trinchera —ha cuajado en este hermosa lengua «fanático», del latín, voz que nosotros acortamos a fan, pero veo que no ha prendido hooligan ni el posible derivado *juliganismo que es lo propio de esa prensa y de muchas otra actividades—; sea en las barras de los bares, institución universal, pero tan peculiar de este Madrid del que acaso me esté enamorando demasiado; sea en las vocingleras radios y televisiones donde toda mezquindad sofística tiene asiento, tribuna y púlpito.

Tan hecho allá en Laputa a los detalles y las miserias de la política de Torilandia, no deja de sorprender que, contra viento y marea y contra la propia dignidad de quienes gobiernan, el gobierno en ejercicio trampee día tras día para evitar una quiebra que habría de conducir a lo que más temen en el gobierno, después de haber convocado dos en menos de un mes como prologo disparatado al esperpento que ha venido después: nuevas elecciones. Parece que han adoptado la opinión, el motto, del *nobelado escritor tremendista, Camilo José Cela, cuyo retrato debería de presidir los Consejos de Ministros: «Gana quien resiste»; si bien, para ser justos, lo suyo es que compartiera tal puesto de honor con otra de las grandes aportaciones españolas al arte, sutil y grosero al tiempo, de la politiquería: el jesuitismo, uno de cuyos lemas habría de figurar junto al motto de Cela: «En tiempos de turbación, no hacer mudanza». El «tremendismo», sin duda, tan castizo, debió de ser el responsable de convertir la «turbación» en «tribulación», que no es otra cosa que pasar el trillo, ¡ay!, por el alma.

En tiempos muy posteriores a mi aventura vital, las sufragistas británicas dieron un ejemplo al mundo de sacrificio en pro de la consecución de sus derechos, y esencialmente al del voto, del que durante siglos estuvieron excluidas; ahora, aquí en Torilandia, ¡y encumbradas al PODER, así, lleno de mayúsculas, las neofeministas extraviadas que usan y abusan de él han cargado la agenda pública de contrasentidos y demencias con las que el Presidente del Gobierno transige porque le va en ello, ¡y a sus escogidos secuaces!, el seguir disfrutando de las prebendas de su cargo. La resistencia, incluso frente a clamorosos errores legislativos, no es una estrategia, sino un programa de ¿habríamos de decir «desgobierno», para ser más fieles a la realidad? Pues dicho queda, de desgobierno. En términos políticos y humanos, la alianza de dicha presidencia con factores centrifugadores respecto de la solidez e integridad de un país que está en el fundamento de la propia idea de Europa, ¿no ha de tener fatales consecuencias? ¿Todo lo tapa y acalla el dinero europeo solidario que llega con cuentagotas a destinatarios de muy diverso estado y condición, descontadas las corrupciones habituales del sistema?

Hay un punto de hartazgo en la inmovilidad política decretada desde arriba que acaso acabe llevando a una desesperación electoral de la que también la nación se haya de arrepentir después, porque mientras nuestro bipartidismo casi perfecto ha sido ejemplo para el mundo, este de Torilandia no es sino la ley del «¡y tú más!». MI anfitrión pierde su valioso tiempo en pergeñar algo así como una teoría política a la que él ha bautizado como «Todovalismo», que, por lo poco que sé al respecto, es incluso una degeneración del tan traído y llevado maquiavelismo. Ganas tengo ya de verme con él,  pero confieso, también, mi reticencia a tener que abandonar Madrid para desplazarme a la Cataluña de l’avara povertà dei catalani, como los inmortalizó el vate en su comedia divina y humana, muy humana… Ya veremos. Todo llegará. De momento, sigo recorriendo salas del Prado, abismándome en mundos tan distintos como el del Bosco y el de Goya y volviendo siempre, para despedir mi visita, al cuadro de Carlos de Haes, Un barco naufragado, por razones obvias…